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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 889

PEQUEÑA AMADA MÍA. CAPÍTULO 65. Un hombre en Paris

El cuarto estaba lleno de una luz suave y cálida, y Gigi todavía sentía el eco de la intensidad de lo que acababa de pasar entre ellos. Niko seguía abrazándola, como si no quisiera soltarla nunca. Ella apoyó su cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón, y en ese momento todo parecía encajar de la forma más perfecta.

—Entonces... —dijo Niko, su voz suave, casi un susurro—. ¿Qué me dices?

Gigi levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos. Sabía que aquella propuesta estaba movida por el desastre que acababan de vivir, pero que él la quería a ella, no era solo por el bebé, sino porque realmente la amaba.

—Sí, Niko —respondió con una sonrisa suave y sincera—. Claro que me voy a casar contigo, aunque no tengo ni idea de cómo le haremos con este bebé. Siento que no puedo cuidar ni de mí misma en este momento…

El brillo en los ojos de Niko se intensificó, y sin pensarlo dos veces, se quitó uno de sus anillos, el más pequeño que tenía y lo deslizó en el dedo de Gigi. Ella soltó una risita cuando vio lo grande que le quedaba.

—Para eso estoy yo, para cuidar de los dos —dijo él con seguridad—. Además, olvidas que tienes al ejército Keller detrás de ti. Si tenemos suerte, nos dejarán cargar al bebé de vez en cuando.

El calor subió al rostro de Gigi, pero detrás de su felicidad, una sombra de preocupación la invadió. Recordó las últimas palabras de Chantal, su mirada llena de rencor, su odio y resentimiento. No era fácil desprenderse de esos recuerdos.

—Niko… —murmuró, y él levantó una ceja, notando de inmediato el cambio en su tono—. Mi madre me dijo que te iba a hundir, que haría todo lo posible para arruinarte. Y sé que no le tienes miedo, pero no quiero pasar mi embarazo en medio de esa tensión.

Niko se tensó levemente, pero sus manos se mantuvieron firmes en las de Gigi. Su expresión se volvió más seria, pero no dejó de ser tranquilizadora.

—No te preocupes por Chantal —le dijo, acariciando su mejilla con ternura—. Yo me encargaré de ella. Te prometo que no va a poder hacernos daño. Y para eso hay algo que necesitamos hacer primero —agregó Niko—. Tengo que ir a Francia para confirmar unas cosas. No puedo dejar ese cabo suelto… y quiero que vengas conmigo. No voy a perderte de vista nunca más.

Gigi lo miró sorprendida, y luego asintió lentamente. El miedo seguía allí, en un rincón de su mente, pero confiaba en Niko más que en nadie. Si él decía que todo estaría bien, ella lo creía. Y después de todo lo que habían pasado juntos, no podía imaginar estar lejos de él, ni siquiera por un día.

—Está bien —respondió—. Iré contigo. Donde sea.

Niko sonrió y la abrazó con más fuerza.

Esa misma tarde el avión de la familia salió con ellos hacia París. Cuando llegaron, el frío parisino los recibió, y la atmósfera de la ciudad pareció llenarlos de una energía especial, como si fuera el lugar perfecto para un nuevo comienzo.

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