REGLA #1. CAPÍTULO 8. Una mujer inadecuada
Leon soltó una carcajada cuando la puerta de la habitación se cerró tras la figura altiva de su madre, que salía como si le hubieran echado a los perros. Era evidente que no repetiría su "visita matutina" en ningún momento cercano a riesgo de que su nuerita querida la convirtiera en una voyeur.
Mariel se llevó la mano a la frente para recomponerse y lanzó un suspiro resignado, pero con un toque de humor.
Leon, aún riendo, se acercó a ella y en un gesto completamente espontáneo le revolvió el cabello con una mano.
—Perdón por el susto, mi madre es insoportable. —Dudó un momento y miró hacia abajo, a la evidente tienda de campaña que había en su pantalón—. Y bueno, también disculpa por… el “otro” inconveniente. Cosas de las mañanas, ya sabes.
Mariel levantó una ceja, evaluando con fingida seriedad la situación, y luego esbozó una sonrisa traviesa.
—¡Ah, no te preocupes! —le contestó, quitándose el cabello de la cara con un ademán divertido—. De ese tamaño todavía no asusta.
Leon puso una expresión de sorpresa y fingida ofensa, llevándose la mano al pecho como si le hubieran disparado una flecha envenenada allí.
—¡Ah, esperé esa traición de cualquiera menos de ti…! —gritó dejándose caer en la cama mientras ella era la primera en meterse en el baño—. ¡¿Cómo rompes así mi corazoncito…?!
Mariel soltó una carcajada y le lanzó un beso antes de cerrar la puerta del baño. Leon rió con ella, disfrutando del momento de complicidad, y una hora después se dirigieron juntos al comedor para el desayuno.
Mariel no sabía que se necesitara tanto protocolo para desayunar, pero pronto se dio cuenta de por qué Leon era un rebelde sin causa: porque había crecido en una casa donde tenían protocolos hasta para soplarse los mocos y eso era, tristemente, desesperante.
En la mesa del comedor todo estaba dispuesto con una precisión absoluta; los cubiertos perfectamente alineados y las copas de cristal relucientes bajo la luz del sol que se colaba por los ventanales. La condesa Freda ya estaba allí, con su aire severo y elegante, observándolos con esa misma mirada escrutadora que parecía ser su sello personal.
Después del desayuno, el conde llamó a Leon, indicándole que quería verlo en el despacho para discutir algunos asuntos del condado, porque la verdad era que de los negocios ya no tenía anda que decirle; su primogénito los manejaba muy bien desde hacía cuatro años.
Leon se despidió de Mariel con una pequeña sonrisa de apoyo, como si quisiera transmitirle que estaría cerca si necesitaba algo; pero en cuanto él se fue, la condesa aprovechó el momento para ponerse en pie y dirigirse a ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: UN BEBÉ PARA NAVIDAD
Faltan muchos capítulos y la verdad es que está súper entretenida...
Los siguientes capítulos no se ven 🥺 estan buenísimas estas historias, espero puedan resolverlo!...
No se ve el capítulo...
When reading the parts containing images accompanied by random words, it feels really uncomfortable. Perhaps I and many readers will leave this website....