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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 921

REGLA # 1. CAPÍTULO 21. Ya casi…

No había forma de negarlo, aquellas palabras tenían el poder de poner a Leon Roshtchild en la peor vorágine sexual de su vida y ni siquiera lo sabía. Solo estaba claro que desnudarse delante de Mariel era el maldito exhibicionismo perfecto, porque le encantaba la forma en que ella lo miraba.

Recorrió de regreso la pequeña distancia que había creado. Volvió a tomarla por la cintura, pegándola contra él, y buscó su boca con desesperación. Sus labios comenzaron un nuevo recorrido, desde sus labios hasta senos, donde su lengua dejó un rastro cálido. Cuando atrapó uno de sus pezones entre los dientes, Mariel se arqueó, y un gemido que no logró contener escapó de su boca.

Leon sonrió contra su piel antes de chupar suavemente el pezón y rodearlo con su lengua. La escuchó gemir de nuevo y sus dedos se enredaron en el cabello de Leon, aferrándose a él como si fuera su único ancla en un mar de sensaciones abrumadoras. Sintió las suaves mordidas, el tirón que le arrancaba pequeños gritos de placer, mientras su cuerpo reaccionaba de manera instintiva, dejándose llevar completamente por el momento.

Sus piernas se sentían de mantequilla, especialmente cuando él las acariciaba con esos apretones suaves como diciendo: “Aquí estoy… ya casi…”

La madera del tocador se había puesto cálida bajo su piel, pero no por mucho tiempo, porque Leon la tomó por las caderas, tirando de ella y acomodándola en el borde, dejando que su erección presionara contra su sexo a través de la tela de sus bragas.

—Eres tan… desquiciantemente hermosa que me vuelves loco… —gruñó con la voz cargada de deseo.

Mariel apenas pudo responder. Estaba perdida en la intensidad de sus caricias y los movimientos de sus manos, que recorrieron su vientre con lentitud hasta que una de ellas alcanzó la humedad de su sexo. Leon la miró a los ojos mientras comenzaba a acariciarla, su dedo pulgar encontró su clítoris y le arrancó un jadeo ahogado.

—Quiero saber qué te gusta… —susurró él con una sonrisa traviesa, presionando con más intensidad, y la respuesta de Mariel fue un gemido involuntario, un sonido que lo incitó a seguir.

Su dedo comenzó a explorarla, adentrándose lentamente en ella; y Mariel echó la cabeza hacia atrás, buscando aire como si él hubiera conseguido quitárselo todo con una sola caricia. Cuando añadió un segundo dedo, la reacción fue inmediata: abrió los ojos de golpe, mirándolo con una mezcla de asombro, ansiedad y excitación.

—No me jodas, hadita no puede ser…

—No soy virgen —gruñó ella y Leon ladeó la cabeza.

—¡Pues te lo debe hacer hecho un condenado abejorro porque esto está muy apretado aquí!

Y a pesar de la tensión del momento era imposible que aquello no le sacara una carcajada, una que murió en un jadeo ahogado cuando él volvió a atrapar su boca y siguió masturbándola con fuerza.

—Háblame, nena… quiero escucharte —pidió Leon, estableciendo un ritmo que la llevaba más alto con cada movimiento.

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