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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 938

REGLA # 1. CAPÍTULO 38. Los locos Keller

La famosa fiesta, que había comenzado de la peor forma posible y que había continuado como una formalidad incómoda, pronto se convirtió en un campo de batalla verbal, y los cuchicheos de los invitados apenas se podían escuchar por encima de los gritos.

—¡Es un sinsentido! —rugió el conde, golpeando la mesa con el puño—. ¡No puedes simplemente abandonar a tu familia, Leon! ¡No mientras yo esté vivo!

Pero Leon se levantó de su asiento con una calma que resultaba más intimidante que cualquier grito.

—Pues más te vale controlarte, padre —dijo, mirándolo fijamente—. Porque si no nos dejas en paz, salgo por esa puerta y dejo todo en manos de Hannibal.

El nombre de Hannibal pareció helar la sangre del conde. Por un momento, la habitación entera quedó en silencio, como si nadie se atreviera a respirar, y Freda abrió la boca para intervenir, pero el conde levantó una mano, deteniéndola.

—Está bien. —Su voz tembló, pero su orgullo seguía intacto—. No hablemos más de esto esta noche.

—¡¿Y por qué no?! —exclamó el inútil perdido hermano menor del linaje de los Rosthchild—. Si Leon no quiere llevar los negocios, ¿por qué no los puedo llevar yo? —gruñó Hannibal.

—¡Porque no quiero morir bajo un puente, por eso! —replicó su padre con tono molesto y enseguida dio la orden para que empezaran a servir la comida.

Los invitados, viendo que la tensión se calmaba, decidieron enfocar su atención en Mariel. De repente, todos querían agasajarla, felicitarla, conversar con ella como si siempre hubieran sido cercanos.

—Señora Keller, ¿puedo decirle que su vestido es simplemente espectacular? —dijo una mujer mayor mientras tomaba su mano.

—¿Cómo es la vida en Suiza? —preguntó un hombre con evidente curiosidad—. He visitado Zúrich muchas veces pero me imagino que no es lo mismo para un turista.

Mariel respondió con su habitual cortesía, aunque Leon podía ver en su sonrisa que estaba agotada. Finalmente, cuando el último brindis fue hecho y las velas comenzaron a apagarse, Leon la tomó suavemente por la mano y la guio fuera del salón.

Dejó que los condes se encargaran de despedir a todos y solo se la echó al hombro como el cavernícola sexi que era y la llevó a descansar.

Le quitó la ropa despacio y tuvo que hacer un esfuerzo ímprobo para ponerle un pijama en lugar de hacerle de nuevo todas las cosas innombrables que quería.

Finalemente, se sentó en el borde de la cama mientras Mariel se quitaba los aretes frente al espejo.

—Hadita —dijo él, rompiendo el silencio—. Quiero que sepas que si no quieres seguir adelante con este negocio, está bien.

Ella se giró hacia él, sorprendida.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Tú no quieres? —le preguntó ella y lo escuchó suspirar con una negativa.

—No es eso, es que no quiero que te sientas atrapada en algo solo porque detestas a mi familia y quisiste darles una lección.

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