REGLA # 1. CAPÍTULO 44. Promesas y despedidas
Leon no se había movido de la silla junto a la cama de Mariel en más de siete horas. Su rostro, normalmente divertido y arrogante, estaba surcado por el cansancio y una desesperación que nunca había sentido antes. Miraba el rostro pálido de Mariel, buscando cualquier señal, cualquier movimiento que le indicara que iba a despertar.
—Por favor, hadita… despierta… —susurró con tono ahogado.
Tomó su mano con delicadeza, como si temiera que un agarre más fuerte pudiera lastimarla y le besó los dedos con adoración.
—No puedo perderte, Mari… no ahora, nena… tienes que despertarte.
Leon se inclinó hacia ella y aquellas sus palabras le salieronsin filtros, como si estuviera hablando con alguien que pudiera escucharlo, aunque sabía que no era así.
—Me he comportado como un idiota. Lo sé… —rio sin humor, sacudiendo la cabeza—. Tenía que habértelo dicho cuando me preguntaste si te amaba, pero ya está visto que soy un poco lento para entender esto de los sentimientos ¿verdad?
Leon apretó su mano y la verdad era que toda aquella ola de desesperación lo había golpeado como una verdad incuestionable: amaba a Mariel. Desesperadamente. ¿Cómo no lo había visto antes?
—No sé cuándo pasó, ni cómo, pero me enamoré de ti, hadita. Te juro que solo admitirlo me da miedo. Me da miedo porque no sé si puedo ser el hombre que necesitas… pero te juro que si despiertas… —respiró profundamente mientras la determinación destellaba en sus ojos—. Te juro que voy a enamorarte, que voy a hacerte feliz, aunque me tome toda la vida.
El monitor que marcaba el ritmo de los latidos de Mariel seguía constante, pero su respiración se aceleró de repente y Leon se inclinó hacia adelante.
—¿Mari? —susurró, inclinándose hacia ella.
Los párpados de Mariel temblaron antes de abrirse lentamente. Su mirada estaba confusa, perdida, pero cuando sus ojos encontraron los de Leon, algo en ellos se suavizó.
—Leon… —murmuró con tono rasposo porque tenía la garganta seca e inflamada.
—Estoy aquí —respondió él mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y tomaba su rostro entre sus manos—. Todo va a estar bien, hadita… te lo prometo.
Sin embargo, la emoción del momento se interrumpió abruptamente cuando la puerta se abrió y Milo, el padre de Mariel, entró con Anja detrás de él. Ambos llevaban expresiones serias, casi furiosas, aunque ninguno se molestó en preguntar qué demonios había pasado. Los primeros cinco minutos fueron para asegurarse de que su hija estaba bien, y los segundos fueron para hablar con un médico sobre su traslado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: UN BEBÉ PARA NAVIDAD
Faltan muchos capítulos y la verdad es que está súper entretenida...
Los siguientes capítulos no se ven 🥺 estan buenísimas estas historias, espero puedan resolverlo!...
No se ve el capítulo...
When reading the parts containing images accompanied by random words, it feels really uncomfortable. Perhaps I and many readers will leave this website....