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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 943

REGLA # 1. CAPÍTULO 43. Un hombre a punto de enloquecer

Mariel estaba atrapada en la oscuridad, el frío calaba hasta sus huesos y cada respiración era un suplicio. El aire húmedo y espeso del sótano no ayudaba, y cada intento de inhalar era como aspirar a través de un filtro roto. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, mientras el dolor se irradiaba por su cuerpo inmóvil.

La cabeza le latía con furia y sentía el metalizado sabor de la sangre en su boca. Quiso gritar, pero no salió más que un gemido ahogado. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Ni siquiera podía saberlo, pero de repente un sonido lejano atravesó el silencio.

—¡Mariel! —La voz era inconfundible, urgente y desesperada—. ¡Hadita, respóndeme!

"León…" pensó, pero no tuvo fuerzas para contestar.

Escuchó más pasos, ahora más cerca, y luego un ruido seco, como si una puerta se abriera con fuerza.

—¡Mariel! —Leon gritó otra vez, y su voz resonó en el inmenso espacio del sótano.

Mariel intentó moverse, pero el cuerpo no le respondía. Apenas logró abrir los ojos lo suficiente para ver una figura borrosa que se acercaba rápidamente.

Leon se arrodilló junto a ella, con el corazón latiendo a una velocidad insoportable.

Detenerse en el tope de la escalera y verla tirada en un rincón del sótano… era simplemente más de lo que podía ver sin sentir que se volvería loco.

—No, no, no… —murmuró corriendo hacia ella y revisando su rostro pálido. Sus manos temblorosas le enmarcaron las mejillas mientras intentaba sacudirla sin lastimarla—. Mariel… ¡Mariel, despierta!

Ella hizo un leve movimiento con los labios, como si intentara decir algo, pero no tenía fuerza. Leon se inclinó más cerca, desesperado por entenderla. Pero lo cierto era que no podía respirar.

—¡Maldición! —gruñó desesperado intentando darle respiración boca a boca pero todo lo que obtuvo fue un par de estertores desesperados.

—¿Qué pasa, nena… qué pasa…? —suplicó.

—A… aler… gia… —logró balbucear Mariel, apenas en un susurro.

Leon tardó un segundo en comprender, pero cuando lo hizo, un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—¡Demonios! —exclamó, levantándola con cuidado en sus brazos.

La sensación de fragilidad en su cuerpo lo llenó de terror, como si estuviera sosteniendo algo que podía romperse en cualquier momento. Subió las escaleras a toda velocidad, ignorando todo, incluso los gritos de su madre.

—¡Todo va a estar bien, nena… te juro que todo va a estar bien…! —le dijo con voz quebrada.

Una vez en su habitación, la colocó sobre la cama y abrió el cajón donde sabía que Mariel guardaba sus medicamentos. Encontró el inhalador y las pastillas que siempre llevaba para emergencias y se los dio de inmediato.

—Aquí está, cariño, aquí está… —dijo, acercándole el inhalador a los labios temblorosos.

Mariel apenas logró una bocanada, pero eso fue suficiente para que Leon viera una leve mejoría.

—Quédate conmigo, ¿me oyes? No me dejes… No…

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