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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 946

REGLA # 1. CAPÍTULO 46. Un nuevo comienzo

Cuatro días después.

Mariel estaba sentada en el diván de su habitación, con la vista perdida en el jardín de la casa de sus padres. La luz de la tarde bañaba las plantas, pero ella apenas la notaba. Todo parecía quieto, como si el mundo estuviera esperando que algo sucediera, hasta que la voz de su madre la sacó de sus pensamientos.

—Tienes visita —dijo Anja desde la puerta, y Mariel giró la cabeza lentamente, porque no esperaba a nadie… y mucho menos a él.

Su tonto corazón dio un vuelco cuando vio a Leon parado en el umbral detrás de su madre, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión que parecía combinar nerviosismo y arrepentimiento.

Por un segundo, Mariel sintió un nudo en la garganta. Apenas había escuchado su promesa de ir a verla a Suiza, pero el hecho de que estuviera ahí, en carne y hueso, hizo que todos los sentimientos que había intentado reprimir durante esos días regresaran como una ola imparable.

Antes de poder decir algo, se levantó del sillón y cruzó la habitación. Leon la miraba como si esperara que lo odiara o algo así, que lo echara de ahí, pero cuando Mariel lo abrazó, él reaccionó como si ese gesto lo estuviera salvando. La rodeó con sus brazos y hundió su rostro en su cabello, sintiendo que era capaz de respirar de nuevo.

—Perdóname —susurró Leon, y su voz era apenas un murmullo mientras la puerta se cerraba para dejarlos solos—. Perdóname por todo lo que pasó, hadita, por lo que te hice pasar…

Mariel cerró los ojos y respiró hondo. No quería llorar, pero era difícil no hacerlo.

—Maldición, muñeco, tú no me hiciste nada… —dijo, separándose apenas para mirarlo a los ojos, pero lo que vio en los suyos fue una expresión llena de remordimiento.

—No, pero te hice convivir con personas que te lastimaron de… ¡diablos, de todas las formas posibles! Y eso sí es mi culpa. Así que entendería… yo… entendería si quisieras divorciarte —continuó Leon, tragando saliva—. Si quisieras empezar de cero, lejos de mí.

Mariel se separó de él, abrazándose el cuerpo, pero luego negó con la cabeza.

—No lo haré —respondió con calma—. Mantendré el trato contigo por dos años, como acordamos, pero no voy a volver al castillo.

Leon pareció vacilar un momento, como si quisiera creer que eso era lo único que los separaba en aquel momento.

—Está bien —dijo—. Pero antes de que decidas cualquier cosa, quiero llevarte a un lugar.

Mariel lo miró con cautela.

—¿A dónde? —preguntó y lo vio sonreír ligeramente, con un gesto tímido demasiado raro en él, como si no estuviera seguro de su plan.

—Confía en mí —murmuró Leon tomando su mano, pero apenas llegaron a la sala cuando se encontraron con la mole que era Milo Keller, parado junto a la puerta principal.

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