No obstante, al plasmar nuestras firmas en el libro de registros, esas sonrisas de travesura, tienen que finalizar. El prefecto esta vez nos pide que nos besemos, y es lo que hacemos.
Nos damos probablemente el beso más casto que hayamos tenido en nuestra relación. Al separar nuestros labios, y ver a nuestros invitados aplaudiéndonos, me es imposible que se me escapen las expresiones amargadas de algunos de los míos, y las atónitas de la mayoría de los Brown presentes.
Lo habíamos hecho, Luciano y yo nos habíamos casado en contra de todo pronóstico.
…..
Los nervios debían haberse calmado hace rato, pero no se calmaban. Se suponía que la parte complicada había pasado ya, aun así, a la espera de que nos anuncien para pasar al salón de festejos que está dentro del hotel, sigo nerviosa.
—¿Qué te hizo el suelo para que lo golpetees con tanta saña? — pregunta Luciano a mi lado comiendo uvas. Como si nada. Como si esta salita de espera para los novios fuese un spa.
—¿Es en serio? Tengo ganas de vomitar, las he tenido desde temprano — me quejo.
—¿Por qué? ¿Comiste de más anoche?
—¿Fingir ser la pareja de recién casados perfecta, no justifica mi miedo, ni mis ganas de vomitar, según tú?
—No debería. Tenerme como esposo debería emocionarte, no asustarte. Tendrás una versión de mí que nadie más ha tenido — presume. Ruedo mis ojos y él ríe, lo típico.
Rememoro un dato que se me viene de manera random a la cabeza.
—Oye, fue que no presté la suficiente atención o… ¿en la ceremonia no estaba América?
—Es momento de su entrada. Acompáñenme — nos interrumpe entrando una de las empleadas.

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