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Un contrato inesperado con mi jefe romance Capítulo 104

¿Qué tan malo puede ser darle algo de sexo oral a tu esposo? Porque eso es lo que es Luciano. Mi esposo. Me acerco a él y me arrodillo entre sus muslos, este termina de sacar su erección de los pantalones. La boca se me hace agua, extrañamente, todo es muy raro, nuevo, y caliente.

—No tengas miedo, te guiaré — asegura bajamente él metiendo algunos mechones mi pelo detrás de mi oreja — Sé una buena chica, abre tus labios y baja.

Tomo aire para acabar con esto, y lo meto en mi boca tal cual Luciano me lo está pidiendo. La acción me resuelta en un acto bastante primitivo y movimientos básicos que no me hacen sentir placer. Sin embargo, que comience a escuchar los gemidos de placer de él, van encendiendo en mí algo más. Mientras más profundo iba, más profundo era el placer que revelaba su voz. También mientras más rápido iba, más él llamaba mi nombre.

El tiempo se me va envolviéndome en una clase de placer diferente. No en un placer que siento directamente, si no en el placer que hago sentir al hombre que amo. Sé que por aquí abajo se vuelve desastroso por la saliva, y por las lágrimas que me salen por el movimiento. Es intenso, se siente muy pervertido que me esté indicando el ritmo con su mano en mi cabello.

Es satisfactor estar dentro de sus piernas, de rodillas con mi vestido blanco de novias; con el que fue alguna vez mi perfecto maquillaje y peinado.

—Si no quieres que acabe en tu boca, aléjate… — dice entre gruñidos bajos y dejándome libre a escoger.

No soy yo que digamos, así que, en lugar de apartarme, sigo hasta que pasa lo que me advierte. Escucho un profundo gruñido esta vez de satisfacción, mi boca se llena de su semen y aquí si vuelvo a ser yo, cuando el sabor impacta en mi lengua.

Me despego de él sorprendida por la textura que tenía.

—Ten cuidado, te ensuciarás el vestido — advierte Luciano poniendo su mano debajo de mi barbilla.

—No sé con qué lo ensuciaré, me lo trague de la impresión — le comunico.

—Ven. Déjame ayudarte — pide ayudándome a sentarme a su lado.

Lo hace con suma suavidad, así como con suma suavidad usa un pañuelo que se saca de la chaqueta para limpiarme la boca, y la zona del pecho. Se ve tan concentrado en limpiarme, que es hasta gracioso. Salivo varias veces para dejar ir este extraño sabor.

—¿Por qué es que sabe así? ¿A qué es que sabe? — le pregunto curiosa sin saber si estar asqueada o no.

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