Narrado por Luciano Brown
Le he dado la boda que ha querido, le he cumplido como ha querido, y he ido tan lejos como para darle la exclusividad de mi cuerpo. Marianne no se podía quejar de mí, pero yo sí tengo muchas quejas de ella. Comenzando por su insistencia en no separarse de Giana a estas horas de la madrugada.
Son las 2:00 AM, la mayoría de nuestros invitados se han largado del hotel y estoy dándoles una patada de despedida a los últimos. Sin embargo, miro y miro de reojo en el salón casi vacío a mi esposa riendo como niña de preescolar con su amiga.
—¿Se puede saber a dónde irán de luna de miel? ¿Por cuánto tiempo? — pregunta Lucía con Levi dormido en sus brazos. El bebé anda sin zapatos y sin camisa, ha quedado en pañales.
—Las Maldivas creo haber escuchado… — digo distraído, viendo hacia atrás.
Marianne ahora está intentando pintar los labios de Giana. Es un labial rojo y le embarra la cara. Las dos se mueren de risa, de nuevo, como dos niñas.
—¡No puede ser! ¡Leandro y yo también nos fuimos para allá de luna de miel! Fue hermoso ¿no amor? — pregunta Lucía a Leandro que carga en las mismas condiciones a Luke.
—Fue un viaje muy relajante. Aunque no es para todos — contesta y se enfoca en Sara con una pañalera en el hombro — ¿Metiste los zapatos de tu hermano en el bolso? Los había lanzado por debajo de la mesa.
—Sí tío. ¿Me puedo montar en tu camioneta? No quiero oír los berrinches de Louis. No puede separarse de esa estúpida tableta y mamá insiste en querer quitársela — pide obstinada.
Leandro le sonríe como entendiendo su dilema. Yo no entendía su dilema, apoyaba su posición. Los niños eran un dolor de cabeza innecesario a tener. Nadie sería capaz de hacerme creer lo contrario, y todos esos padres que presumiesen de que tener hijos era una bendición, están mintiendo para hacerte caer a ti también.
—Vamos adelantándonos Sarita. Yo le digo a Clara que te vas con nosotros — le calma Lucía poniéndole una mano en el hombro. Después une se mejilla con la mía — Feliz vuelo.
—Nos vemos tío — se despide mostrándome su palma agotada Sara.
Lucía con el bebé y ella se terminan marchando. Lo que me hace quedar con Leandro y su hijo, el mismo Leandro que ve con diversión a donde Marianne. Esta vez tiene una copa en la cabeza. Está haciendo equilibrio para no dejarla caer. Se pone peor, le pone otra copa a Giana en la cabeza por igual.
—Te casaste con una mujer que no soporta el alcohol muy bien. ¿Quién lo diría? — se burla mi primo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un contrato inesperado con mi jefe