Me vuelvo a maldecir miles de veces. Las mujeres no debían ser debilidad para mí, yo era la debilidad de las mujeres, no al contrario. Pero con Marianne era… era… diferente.
Puede que fuese porque compartíamos muchas cicatrices semejantes, o porque la causante de algunas de ellas era la misma persona. Teníamos un enemigo en común: América. ¿Eso era todo no?
—¿Cuándo he dicho que eres aburrida o una mojigata ah? Te dije que dejes de llorar. No puedo tener sexo contigo, estás muy borracha — le explico.
Ella se tambalea y como que lo analiza. Que realmente está borracha, y que realmente yo necesito ver a otro lado. La erección en mis pantalones me está matando y Satanás queriendo achacarme otro cargo a mi terrible historial.
—Tonces no tengas sexo conmigo, pero no me dejes sola. No me gusta dormir sola…
—Sí Marianne. Sé que no te gusta dormir sola. Siempre me lo dices en este estado y al siguiente día yo quedó como el depravado que se metió en tu cama sin que supieras — le recuerdo amargado.
—¿Si? — pregunta perdida y jalando de mi mano para que me siente en la cama. Lo hago rendido.
—Después de la boda de tu hermana. Cuando te llevé a tu departamento, me quería ir y me rogaste que no te dejará sola — le explico, ella hace que no entiende y procede a desabotonarme la camisa — Que no te gustaba dormir sola. O la vez que nos conocimos. ¿No lo recuerdas verdad?
—Sí lo recuerdo. Lo recuerdo todooo — asegura picara retirándome la camisa.
—Mentirosa. Mañana no recordarás nada de esto.
—Sí lo recordaré. Si me apapachas así, mucho, mucho — se acuesta en la cama dándome la espalda.

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