Es una mañana más sintiendo que el mundo me da vuelta detrás de mis parpados cerrados. Los abro con dificultad para que la luz incremente el dolor de cabeza que tengo. He amanecido en una cama blanca.
Mi boca tiene una sensación rara dentro de ella, por lo que salivo y la abro para sacarme de esta un pedazo de pétalo de rosa. Esto no sólo me extraña, sino que me sorprende junto con las velas, y la botella de champagne allá a la distancia. No es lo único a la distancia, veo mi vestido de novia arrugado tirado por el suelo.
También el bajar la mirada a mi cuerpo me hace sudar en frío. Estoy presa por el abrazo de un hombre, y sin ropa, incluso veo uno de mis senos fuera del resguardo de la sabana. Poco a poco voy girando mi cuello hacia atrás para encontrarme a mi flamante nuevo esposo: Luciano.
Él está en las mismas condiciones que yo, desnudo y me maldigo mil veces porque lo que aquí pasó es demasiado evidente. Tan evidente como que no me acuerdo una m****a de cómo llegué a esta habitación. Había tenido mi segunda vez con Luciano y tampoco me acordaba de esa.
No podía ser cierto, no me podía estar pasando esto.
La que había sido mi elegante e íntima celebración, a excepción de algunos altercados entre los padres de los novios, y una extraña señora de bastón, estaba manchada por mi propia incompetencia. Me había perdido la mejor parte: ¡Mi noche de bodas!
Estaba tan asustada y nerviosa por mi falta de experiencia sexual, que bebí quizás más de la cuenta. Ahora estoy afrontando las consecuencias, no tener memorias de ese sexy momento. Quiero llorar, no miento.
—¿No recuerdas nada de lo que pasó entre nosotros anoche, verdad? — me pregunta… Luciano.
Él ha abierto sus misteriosos ojos y está observándome somnoliento. Puede que haya presenciado mis gesticulaciones de tragedia, pero no admitiría que me había auto saboteado.
—¿Qué dices? Me acuerdo de todo, de cada detalle — aprovecho para cubrirme el seno al descubierto con la sabana — Fue una noche… loca y… conectamos como no imaginé.
Estoy inventando sobre la marcha lo que hablé. Es decir, me levanté en sus brazos, la boda salió entre lo que cabe bien. Tuvo que ser una buena noche de química. Luciano se sorprende ligeramente.

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