“Quien debería tener vergüenza es él. Yo lo arriesgué todo por escaparnos juntos. Le di lo que me pidió. Y me terminó abandonando. Pero volverá a mí, cuando se cansé de ti”.
Esto comienza a olerme raro, muy raro. ¿A qué se refería con lo de que le dio algo a Luciano? Aparte lo ilusa que era esta señora, estaba para un libro de psicología sobre apegos enfermizos.
“Mientras esperas. ¿Podrías dejar de escribirle a un HOMBRE CASADO?”
Recibo esta vez un mensaje largo y super rápido. Había logrado molestarla.
“Eres una tapadera. Una farsa. Una muñeca bonita y joven. No son esposos reales, yo sé que no lo son. La única mujer que él ha amado realmente soy yo”.
El ojo me tiembla ante el triple descaro de esta señora. Es que estoy a esto de insultarla. Aunque decido ser más esquiva, ir por un camino alterno a la ofensa directa.
“¿Si lo eres por qué tienes que escribirle desde una cuenta anónima a escondidas mientras yo estoy de luna de miel con él?”
Boom. Envío lo que envío. Yo sé que nuestro matrimonio en teoría es falso, y que por lo que puedo intuir su aventura quedó en el pasado, su desesperación es demasiado evidente. Sin embargo, no iba a dejarla muy campante. Que aprendiese a respetar.
“¿Solo con él? Cuando volvamos a estar juntos, no seremos monitoreados como un par de ratas de laboratorio”.
Una gran sensación de paranoia me invade. No le escribo nada porque es que me asusta el último mensaje. Ella me envía otro mensaje.
“Los están vigilando. Nunca podrán estar solos. Feliz luna de miel o… ¿actuación?”.
Siento escalofríos por mi cuerpo. Veo a todos lados de la habitación midiendo si era posible que alguien irrumpiese en ella. Entonces escucho golpes a la puerta, doy un brinco ridículamente alto en la cama.
—Cálmate Marianne. Es la puerta nada más — me calmo a mí misma y voy a esta. En lo que la abro es… Mohamed — Hola…
—¿Se encuentra bien señora? — pregunta en una sonrisa.
—Sí… estoy bien — respondo extrañada. Son como las 9. Me parece extraño que venga — ¿En qué te puedo ayudar?

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