Narrado por Luciano Brown
Tomo aire con profundidad, concentro mi atención en el rostro de Julia en lugar de sus piernas abiertas y me siento en el sillón frente a esta. Ella no me quita los ojos de encima, su boca muestra una leve sonrisa sensual.
—¿Unirme a qué? ¿A otra de tus provocaciones como tu auto invitación a mi boda? Me subestimas demasiado. Eso es doloroso — menciono.
—Oh créeme que nunca llegaré a subestimarte. Eres el favorito de los altos mandos. El consentido que lo arriesgó todo y a todos por su ego.
Uso uno de mis dedos para limpiar mi oído.
—¿Todavía sigues resentida? ¿No me digas que eres una de las que hace apuestas sobre el fracaso de mi matrimonio? Te visualizo a la perfección apostando por mi desdicha matrimonial.
—He sido atrapada — alza las manos al aire en una burla a mí — Aposté 20 dólares a que durarán un año de casados.
Julia agarra la caja de cigarrillos que tenía al lado, y enciende uno de ellos. Veo las líneas que adornan su brazo con ese tatuaje que se hizo antes de meterse en esto. Mis ojos están concentrados ahora en sus labios, en la forma en la que encierran el cigarrillo. Luego van bajando a sus pechos, e inevitablemente a sus piernas abiertas en ese pantalón ceñido. Se le marca hasta el alma.
—O menos — se mofa, se da cuenta de cómo la estoy mirando y ella a mí — Quién sabe si tu conciencia terminará encendiéndose al salir de aquí y hacer lo correcto por primera vez en tu existencia
—¿Eso es…? — le sonrío y mis piernas se van abriendo también.
Recuerdos malos vienen a mí, de ese pasado que tuve con Julia. Cualquier cosa imaginable hicimos, no sólo entre los dos, no sólo en una cama. Esa era mi parte favorita de ella, estaba dispuesta probar del sexo en cualquier versión. Ella exhala largamente.
—Dejar a Marianne. Separarte de ella — afirma.
La tensión sexual que había en el ambiente se corta en frío. Ni pienso en la respuesta que daré, únicamente la doy.
—No me voy a divorciar de mi esposa — aseguro con mucha seriedad.
Una que a Julia no le sienta bien, se molesta, cierra las piernas y las cruza con un ademán de obstinación.
—No te interesa la seguridad de tu esposa más bien. Adelante, sacrifícala — me invita.
—No seas ridícula, no estoy sacrificando a Marianne. Ella no sabe nada — argumento.
—¿Seguro que no sabe nada? Nos comentaron que tuvo un contacto directo con Anfisa. Nuestro infiltrado en la mansión Kosnikov nos relató de la crisis psicótica que tuvo por culpa de esa interacción. Se tornó violenta con los empleados de servicio.
Marianne se mamó. Simplemente se mamó al escribirle las cosas que le escribió a Anfisa. Al leer la conversación que tuvo con ella, en un primer instante me reí, en uno segundo me preocupé un tanto.

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