Sabía que Luciano era una obra de arte, que casarme con él era un riesgo, pero desde que se escapó esa noche de nuestra cama la duda se ha sembrado en mi corazón. No es sólo el hecho de que se haya ido del departamento como dos horas por lo que pude calcular, sino que haya mentido con que fue al baño.
En un inicio traté de ignorarlo, y lo hubiese hecho justificándolo de cualquier modo. Sin embargo, a ese escape se le unió una actitud de lo más rara. Eso fue un viernes, y el fin de semana le dio por ser servicial, atento y pasársela pegado a mi espalda. Acoto que no es que Luciano sea un patán en la convivencia hogareña, aun así, esa melosidad está fuera de su estándar.
Y el hecho más raro del fin de semana, no había tenido sexo conmigo. Ni lo inició, ni yo traté de iniciarlo. Después de preguntarme si le amaba y ambos darnos respuestas ambiguas, me hubiese esperado otra cosa.
En fin, no tengo que comerme la cabeza en eso durante mi horario laboral de este lunes. Debía enfocarme más bien en reportar la excelente junta de la que acababa de salir con algunos de los accionistas de Belmonte Raíces. Mi pecho no pudo estar más orgulloso al mencionar cómo New Century estaba a unas semanas de ser inaugurado y cómo las proyecciones eran prometedoras.
Para nadie es un secreto el rol que tuve en esa venta y mi asistencia en general para el proyecto. El señor Dominic me felicitó por mi trabajo y el señor Gianni no se podía creer que fuese la líder del equipo encargado de tal hazaña. Es agradable recibir esta clase de reconocimiento, y la ausencia de Sergio o Luciano por sus agendas, lo hizo mejor. A mí era a la única que miraban.
Con tal evento positivo me siento en mi escritorio para redactar el informe. Antes de escribir me dan ganas de comer chicle, así que, abro mi gaveta distraída y tanteo a ciegas. Una mano está concentrada en el ratón de mi computadora y la otra en hurgar en el cajón. En lugar de hallar un chicle, una textura terciopelada es lo que toco.
—¿Qué es esto? — digo sacando una caja de joyería. La abro y suelto un sonido de sorpresa — ¿Quién dejó esta caja aquí?
En su interior hay un colgante muy lindo. Su cadena es sencilla, pero su dije de circulo con algunas hojas es muy brillante. Excesivamente brillante. Me entran dudas poderosas del material de la joya en mis manos. No hay una tarjeta o dedicatoria.
—Todos sabemos quién fue menos tú — escucho decir a Maite que me pasa por detrás concentrada en su tableta.
—Claro — suelto mordiendo mi lengua y viendo a la distancia, a la oficina de Luciano — ¿Quién más?
Me levanto para ir a su oficina que tiene las persianas abajo. No obstante, entro sin tocar para encontrarlo con tres empleados del piso de abajo. Luciano se percata de mi presencia y les pide a ellos que se retiren. Nos dejan a solas.
—¿Tú fuiste el que me dio esto? — pregunto mostrando la caja cerrada de la joya.
Mi esposo hace como si estuviese al pendiente de pasar varias páginas de un libro contable.
—¿Darte qué?

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