La ausencia esa noche, la falta de sexo, el collar y ahora el ofrecimiento de un capital cuantioso para abrir mi propia empresa, me lo dejan en claro. Muy en claro. A Luciano no lo abdujeron o clonaron el viernes, ya sé lo que hizo.
—¿Con quién te acostaste Luciano Brown? — le acuso con una voz de ultra tumba.
Él se sorprende con mi pregunta, aunque no puede disimular el nerviosismo que le he ocasionado.
—Con nadie… No sé por qué me culpas de algo así…
—¿Dices que con nadie? — comento en una sonrisa.
La sonrisa es perfecta para lanzarle al pecho la caja con su collar. Él tiene buenos reflejos y la agarra en el aire antes de que le impacté. Elogiaría sus reflejos, pero la ira me gobierna.
—¿No podías tirar un objeto de menos valor? No es por presumir, pero ten cuidado con las joyas que te daré a continuación. No me gusta dar baratijas.
—Eres un estúpido y yo no me quedo atrás. También soy una estúpida por creer que respetarías nuestro acuerdo — me levanto y dirijo hacia la puerta.
Es que era la verdad, era una gran estúpida por confiar en Luciano. A saber, con quién estuvo el viernes y, a saber, si en sus viajes de negocios no ha andado metiendo su pene en otras mujeres. Para, claro, al llegar a casa continuar con la diversión con la imbécil que lo ha esperado con la comida hecha y dispuesta a comportarse como una contorsionista del Du Soleil por él.
De repente, siento que soy sostenida con fuerza por mi brazo, es Luciano el que me jala y me obliga a que le vea. Me tiene atrapada en sus brazos. Nuestros cuerpos y miradas están enlazados.
—No me he acostado con nadie más que tú. ¿Ok? — asegura.
—¿Tengo que creerte? Luces como culpable — le espeto.

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