Es difícil respirar y ver lo que sea que me está pasando. Sé que he caído al suelo por el golpe que me han dado, y para mi pesar sé que también el hombre que me agredió está tratando de llevarme a otro sitio. Lo puedo sentir al este levantar mi cuerpo y montarme en uno de sus hombros.
Este da muchos pasos mientras yo lucho por recuperar mi lucidez, y no sentir náuseas con el sabor de la sangre en mi boca. Deduzco que me han hecho sangrar, y que mi agresor no está solo en sí, escucho la voz de otro hombre que se la ha unido.
Intento nuevamente entender de qué hablan, pero no puedo. No comprendo el idioma que están empleando. Tampoco comprendo a dónde se fue la gente en los alrededores del cementerio. No hay nadie a quién pedir ayuda. Mi temor aumenta cuando capto que estos dos desconocidos quieren adentrarse conmigo en el bosque que hay al lado de este.
—¡Bájame! ¡Ayuda! — comienzo a gritar reincorporándome y forcejeando.
El tipo me ignora, mis esfuerzos son inútiles. Hasta que el que me carga cae al suelo. En lo que se cae conmigo encima, mi cuerpo reacciona separándose de él. Me arrastro por el césped para salir de su agarre.
Me cuesta procesar entonces el motivo del que se haya caído.
Hasta que veo al cuello del tipo, le han disparado y está sangrando con abundancia. Sus manos están cubriendo su cuello con desesperación. La misma desesperación que tiene su compañero, que vuelve a gritar cosas que no entiendo, y se cubre con una de las lapidas para comenzar a disparar con un arma de fuego.
Vuelvo a arrastrarme en medio del shock para buscar refugio en otra lapida. No escucho sonidos de disparos, pero sí veo pequeños fragmentos de piedra o tierra volar en donde impacta las armas. Tampoco veo de dónde vienen las balas en sí. Es como si el secuestrador dos estuviese disparando a la nada. El dispositivo en la punta de su pistola, deber ser un silenciador por lo que puedo notar.
Intento no girar mi cabeza a donde está el hombre con el disparo en el cuello. Sí más bien escurrirme a otra lápida más lejana para salir de aquí. Diviso una de ellas y estoy a esto de irme.
—¡No te escaparás de mí! — exclama el hombre jalándome del cabello para que me levante.
Este me usa como escudo y apunta con su arma en mi cabeza. Retrocede conmigo siendo su protección. La agonía que tengo de que una de esas balas llegue a mí, es inmensa. Estoy temblando sin parar.
—¡Sal de dónde estés o la mataré! — amenaza.
Cuando pienso que nadie saldrá, de hecho, alguien lo hace de una de las lápidas. Es Luciano. Tiene un arma con silenciador entre sus dedos y está con las manos arriba avanzando a nosotros.

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