Mis días de semana solían ser así, levantarme temprano para prepararnos el desayuno a Amy y a mí, conducir al jardín de niños para dejarla, y después ir a mi trabajo. Había conseguido un empleo bien remunerado en una empresa en la que llevaba un par de años. Estaba por los momentos en el departamento de Recursos Humanos.
Después, tenía que buscar a Amy de alguna de las actividades extracurriculares en la que la metí para que me diese tiempo de terminar mi jornada laboral. Llegábamos a casa a preparar la cena juntas, porque si algo he de destacar de esa niña, es que es disciplinada y obediente. Es un angelito.
Pero lastimosamente, nuestra rutina se vio interrumpida por la falla que no le pueden detectar a mi auto. He estado sin vehículo como una semana, y no me agrada tener que molestar a Mateo para que nos lleve, pero él se ha ofrecido. Y quienes cuiden a niños, sabrán que la ayuda nunca se niega.
Así que, estamos viendo a Amy de la mano de su maestra en la puerta de su jardín de niños. Ella nos despide lanzando besitos como si fuera una miss. Mateo y yo nos reímos desde su auto.
—¿De dónde aprendió eso? — pregunta él arrancando.
—No sé de dónde aprende la mitad de las cosas — hablo cansada.
Siento como Mateo toma de mi mano. No me inmuto con ello, es lo que hacen los novios. Y Mateo lo es desde hace un año. Cerré mi vida amorosa con la partida de Luciano por mucho tiempo. Quedé destrozada, agonizante al despertar en esa camilla de hospital con una pierna y un brazo fracturados. Apenas con un breve recuerdo de él pidiéndome perdón, diciendo que me amaba.
El problema es que el amor no es suficiente, me dejó sola, desapareció de la faz de la tierra y el mensaje tajante que me dejó con su familia, fue que no lo buscase contactar más. Qué ellos tenían constancia de que estaba con vida, pero que no valía la pena que lo esperase. Así era Luciano según ellos.

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