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Un contrato inesperado con mi jefe romance Capítulo 199

El alcohol es una especie de escape, una forma de desahogar tus sentimientos, y esos deseos que están reprimidos en lo más profundo, salen a flote con una borrachera. Es decir, sea lo que haya pasado anoche, probablemente yo me lo busqué.

Apenas despertando puedo darme cuenta de un par de cosas. Una de ellas es que no he amanecido en mi departamento, y la otra que el dolor de cabeza me va a matar. Para mi desgracia bajo mi cabeza para apreciar que estoy desnuda debajo de esta sábana blanca.

Me siento en la cama a duras penas, sobando mi frente adolorida. Abrazo mis piernas para encontrar un punto de equilibrio de lo mareada que estoy todavía. Es cuando mis ojos somnolientos recorren el sitio donde estoy, parece un cuarto de hotel, y que ayer hubo un desastre aquí por la ropa en el suelo.

Puedo divisar mi uniforme arrugado en una esquina, y un pantalón negro con una camisa con el mismo color de la que tenía Luciano anoche.

Luciano.

Mis ojos se espabilan y siento la presencia de alguien a mi lado en la cama, detrás de mí específicamente. A mi mente vienen imágenes pornográficas de nuestro encuentro. Parte de nuestra discusión y de cómo yo fui la que dio el primer beso.

Recuerdo que estaba tan abrumada por la soledad de perder a Amy, por la impotencia de tener en mi vida a Luciano otra vez y que estuviese dándome consejos para que estuviese con otro hombre. Una ridiculez considerando lo mucho que lo deseaba, que todavía le… amaba.

No fue mejor el resto, me acosté con él. Tuve sexo con mi ex marido.

—No puede ser, no puede ser. No pasó, no pasó, esto es un sueño… — me tomo del cabello en una absoluta negación.

Tengo que voltear a ver quién está al lado de la cama, y es él. Es Luciano que aparenta estar en un sueño muy profundo. No tiene ropa, y apenas la tela le cubre sus piernas… y su… su…

—No, no, no, no — recito parándome de la cama.

Retrocedo lentamente e inicio a recoger mi ropa, a ponérmela. Me visto con rapidez, tomo mi maletín, mis zapatos con la mano y estoy dispuesta a salir a hurtadillas de aquí. Estoy a un par de pasos de tocar la manija de la puerta.

—¿Te vas a ir sin hablar conmigo? — escucho a mis espaldas la voz de Luciano.

Cierro mis ojos y rechino mis dientes entre sí. ¿No podía despertarse cinco minutos más tarde? Tengo que darle el frente, pretendiendo que escapar no era mi más grande meta del momento. Darle el frente es peor, verlo así en la cama, apenas cubierto, me da una visión que desearía no tener. Una que no me recordase lo glorioso que fue tener sexo con él.

—No quería despertarte. Tengo trabajo, es viernes, y voy tarde — me excuso.

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