—No tengo madre, Marianne. ¿Otra pregunta que sí vaya contestar? — ofrece este.
Lo capto al instante. La madre era peor que el padre y ni chistes le provocaba hacer de ella. Tema prohibido y anotado. Reorganizo mis ideas. Tenía un propósito para esta noche.
—¿Tienes contigo el anillo de compromiso que me dijiste? — cambio de tema.
—Eso ni se pregunta — se acaba su copa de un trago — Sígueme, lo tengo debajo de la biblia.
—¿Qué? — hablo desubicada con que Luciano se ande escabullendo como niño travieso al área del despacho.
Debía estar burlándose de mí porque he descubierto que esa es su actividad favorita conmigo. Dejo mi cartera en la isla y voy a donde desapareció. En lo que entro en el elegante estudio con la vista preciosa al mar de noche, me lo consigo abriendo la caja fuerte en la estantería. No le creo ni un poco su historia del anillo maldito, camino cerca de este y me cruzo de brazos.
—¿Con cuál mentira me saldrás esta vez Luciano Brown?
—¿Mentiras? Nuuunca escucharás una de mí — dice bañado en ironía y sacando una caja compacta que pone en el escritorio — Si eres capaz de conocerme en realidad. ¿Preparada? No lo debes estar.
De hecho, no lo estoy cuando él abre la elegante cajita cuadrada para revelar una biblia de caratula negra y pliegues dorados. Después saca una tapa de terciopelo de la caja, y de allí otra cajita más pequeña de anillo. El aire se siente pesado en lo que toma la cajita y la abre para enseñármela.
Quedo sin aliento al verlo, el más grande y puro diamante que haya visto en mi vida. Es mucho más grande que el del anillo de compromiso que me dio Andrew. También mucho más bello, imponente y misterioso. Verlo es querer tocarlo para saber si tal joya es real o no. Mis dedos se acercan a este con lentitud para tomarlo. La forma en la que brilla es como un imán sobrenatural para mí.
A esto de tocarlo y con la boca seca del misticismo, la cajita se cierra casi pisando mis dedos en esta. Quito la mano asustada. Luciano se muere de la risa porque es él el que la ha cerrado adrede.

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