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Un contrato inesperado con mi jefe romance Capítulo 42

En lo que se cierran las puertas tras de ellos, tengo que acercar mi copa a la de Luciano para chocarla. Lo hacemos en una sonrisa cómplice que se termina al beber de nuestro champagne.

…..

Estamos a unos segundos de llegar al departamento de Giana, de ese del que todavía no me he mudado mientras finalizo el papeleo con el banco para mi nueva propiedad. En este poco tiempo que me queda, tengo que elogiar la actuación de Luciano. Él me ha traído en su auto, porque desistí irme a cenar con él a Dalia. Quería descansar, había sido un largo día.

—Eso fue perfecto. La sacaste del campo — elogio a Luciano a mi lado.

—Tuvo que serlo para tenerte así de contenta. Eres complicada de complacer.

—No lo soy, si me conoces bien — le sonrío y él se estaciona cerca del edificio — Gracias por traerme, seguimos hablando mañana.

—¿Mañana? — pregunta él confundido — ¿No es domingo, mañana?

Aprieto mis piernas, y tengo el recordatorio de que dejé mi tanga en donde Andrew. Esa es como una capa menos de protección ante mis propios instintos animales. Luciano había logrado derretirme por completo con ese beso que habíamos compartido.

—Sí ah… Tengo bastante sueño. Uff. No pude dormir bien — tomo la manilla nerviosa, queriendo huir. De él o de mí misma.

—Tengo ganas de orinar, Marianne. Préstame tu baño — pide directo y sin disimulos.

—¿No eres hombre? — rasco mi cabeza — ¿No puedes orinar en el callejón de la esquina o donde sea?

Él eleva su ceja derecha.

—¿Dejarás que orine en el callejón de la esquina? ¿Cómo un perro callejero?

No sé si reírme por su ocurrencia o llorar porque estoy acorralada.

—Lo del perro te lo has inventado tú. Pero ya qué, subamos al departamento — suspiro rendida.

Sé que está sonriendo divertido con que haya cedido. Pero que tampoco se hiciera muchas ideas. Durante nuestra entrada al edificio le voy poniendo al día de lo que se encontraría.

—Lo más probable es que esté Giana, quizás con su novio. Es un departamento pequeño, no te emociones mucho — le explico subiendo las escaleras.

—¿Por qué habría de emocionarme? ¿No crees que mi vejiga esté llena? Me duele tu desconfianza…

Mis ojos se ponen en blanco ante su tonito descarado. Saco las llaves de mi cartera y abro la puerta.

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