Ni mi odio masivo a Andrew, me provoca asesinarlo, asesinarlo. Menos que Luciano se meta en semejante problema por ese idiota. Por lo tanto, tengo que detener esta escena antes de que alguien los vea. Voy directo a mi prometido, a tomarlo del brazo.
—¡Para Luciano! ¡Está borracho! ¡No sabe lo que hace! — le pido.
—Sí, lo que dice. Los de su tipo siempre lo saben — él deja de aprisionar su cuello y se aleja de Andrew.
Este por su parte yace en el suelo, tosiendo y escupiendo sangre. Se levanta a duras penas del mismo tambaleante, y no me causa placer ver su camisa manchada de rojo, tampoco sus ojos perdidos por la ira y el alcohol.
—Me las pagarás. Los dos me la pagarán — es lo último que dice antes de irse.
….
De vuelta en el apartamento, busco el botiquín de primeros auxilios entre las cosas del armario de Giana. Doy con este, es una caja blanca de plástico que sacó para ir a atender a Luciano. Este se encuentra en el sofá, se ha quitado la chaqueta y un vistazo a su mano, me preocupa.
—Déjame ver cuánto te lastimaste por golpear al imbécil ese — digo sentándome a su lado y tomando de su mano.
Tiene los nudillos rojos, y con algo de sangre en ellos. Se había lastimado. Abro el botiquín para explorar qué le puedo echar a la herida. Doy con ello, con un spray bueno para este propósito.
—Puede que te arda un poco, es un antiséptico — le advierto tomando de su mano y presionando la botella.
Para mi sorpresa, Luciano ni se inmuta cuando le echo esto. Sabía que solía picar y arder, lo había usado antes.
—Veo que tienes una buena tolerancia al dolor. Ni has pestañado — elogio mientras abro un paquetico de gasas para limpiarle.
—¿Por qué estás tan quieta? ¿No escuchaste cómo te llamó? — otra sorpresa me llevo, Luciano suena molesto, muy molesto conmigo — No tuviste que pararme.
—Escucha una ofensa muchas veces y dejará de lastimarte a largo plazo — digo decaída — Algunas veces cuando se molestaba… me llamaba así. Pero no era tan grave ¿cierto? Él me había dado tanto, y tenía un temperamento fuerte. Como mi padre.
Mi garganta se siente amarga, y mi corazón herido de viejas cicatrices. Puede que no lo mencionase a nadie, ni quisiera recordarlo, pero cuando Andrew se molestaba conmigo, solía tener una boca peligrosa, muy peligrosa. Como no pasaba a lo físico, lo descartaba, qué eran algunas ofensas en comparación a una vida juntos. Así eran los hombres, era el consuelo que me daba. Y silencio, mucho silencio, no quería que los demás pensasen mal de él.
Percibo que Luciano aprieta más sus nudillos de la rabia. Lo detengo tomando su muñeca.
—Te vas a lastimar — le advierto.
—Ganas no me faltan de lastimarlo a él — responde.
—No sabía que te molestaría tanto que me llamasen puta.

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