Sin el contexto de lo que acabamos de escuchar, estoy segura de que esta oficina parecería el juego del paralizado. Nadie se mueve, nadie respira. Esto incluye a Maite y a mí también. Pero no se aplica a Luciano, por supuesto.
—¿Se les paga para andar de entrometidos? — pregunta este de un terrible humor.
Nadie le responde. Maite se limita a encoger los hombros y ver al piso. Está tan quieto como el desierto.
—¡Muévanse! — nos grita.
Con eso, todo el mundo da un brinquito. Incluyéndome. Tom y Susana regresan corriendo a sus escritorios, Maite va corriendo a otro sitio lejos del suyo para alejarse de nuestro jefe y el audio regresa a este piso. Se escuchan inicios de llamadas telefónicas y el ruido del tecleo maniático a la distancia. También quisiera huir de mi puesto, aun así, Luciano se concentra en mí.
— Ven a mi oficina — exige y se marcha.
A mí no me queda más que ir a su oficina. Estoy desconcertada por la actitud de Luciano. No dejo de estarlo al entrar en su espacio y observar a este recostarse de su escritorio para juzgarme con los brazos cruzados. Me siento analizada, tomo mis manos entre sí.
—No me esperaba que hicieses el anuncio de nuestro matrimonio, así de rápido — comento.
—Ni yo que no usases el anillo que te di — comenta de vuelta.
Veo mi mano desnuda y vacía, no llevaba joyería, menos un diamante con el valor de una casa.
—He estado movilizándome en metro para evadir el tráfico. Nos hemos paseado de extremo a extremo de la ciudad en él. Fue por seguridad — explico incierta.
—No me parece prudente que te movilices en metro — asegura.
—¿Tú me darás lecciones de lo que es prudente o no? — pregunto divertida.
También queriendo hacer un chiste, estaba hablando con el mismo hombre que supuestamente es un adicto a los deportes extremos y no le importa comer hamburguesas callejeras en un puestico al lado de la carretera con su convertible estacionado cerca. Luciano era de todo menos prudente. Lo que me hace llegar a la conclusión de que… está molesto.
Y creo que está molesto conmigo. No deja de verme con dureza.
—¿Pasa algo de lo que no esté enterada? — exploro en esto.
—No me escribiste — responde obstinado.
—¿Disculpa? — pregunto extrañada.
—No me has escrito después del sábado.
Miro a los lados de lo desconcertante que es esta escena. Será que estoy en la búsqueda de una cámara escondida o un similar. Al comprobar que no, y que Luciano continúa viéndome exigente, le tengo que seguir la corriente.

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