El mundo me da vueltas, aún con los ojos cerrados y despertando, lo puedo sentir. Me había pasado de copas en lo que fue la patética boda de mi hermana. Sonrío y más me acurruco en mi pequeña cama. Es complicado enumerar cuál fue la mejor parte de esa boda infernal, si la suegra criticona, el papá hipócrita o el novio amargado durante toda la noche.
Intento conciliar el sueño hasta que se me pase un poquito más la resaca, pero preocupada por si es muy tarde, me obligo a abrir mis ojos. Visualizo, borrosamente, que son las 2 PM, lo cual no está ni tan mal. Me vuelvo a acurrucar, amoldando mi trasero a la calidez en mi cama. Se siente tan bien y calientita mi espalda.
—¿Lo estás haciendo a propósito? Podría jurar que así es.
Mis ojos se abren de inmediato, me giro de un golpe, y me encuentro a… Luciano allí recostando su rostro de su brazo. La reacción es más rápida de la que me puedo esperar. Trato de alejarme de él al mismo tiempo que pego el grito de mi vida.
Sólo que mi cama es una pequeña y en el intento de alejarme de él… termino cayendo de espaldas al suelo. Me quejo del dolor que se origina en mi columna, y me avergüenzo de la posición en la que he terminado cayendo. Con las piernas abiertas todavía en la cama.
Se pone peor, cuando Luciano se asoma por ellas desde arriba con una expresión curiosa.
—Definitivamente, lo estás haciendo propósito. ¿Esta es la invitación que he estado esperando por tanto? — cuestiona.
Cierro las piernas lo más rápido que puedo, y si al despertarme el mundo me daba vueltas, ahora me da el triple de vueltas.
—¿Qué haces en mi departamento? Mejor, dicho en mi cama — pregunto sobándome la frente y todavía en el suelo.
—Estamos comprometidos. Lo único extraño aquí es tu reacción — responde él en ese son juguetón que tanto lo caracteriza.
Percibo que lleva todavía el traje de anoche desordenado y arrugado, también yo llevo mi vestido de madrina. Rememorando en mis recuerdos de anoche, la leve duda de que haya pasado algo más entre nosotros nace, aunque es fácilmente callada.
—¿Me trajiste al departamento porque me emborraché? No pasó nada más entre nosotros. ¿Cierto?
—Debemos hacer algo con lo mala bebida que eres. Y no, qué va a pasar. Ni podías contar hasta 10 en lo que te acosté en esta cama. De poder haberlo hecho, admito que me hubiese acostado contigo.
—Vaya. Todo un caballero.
—Me esfuerzo.
—Sigues sin explicarme por qué te quedaste a dormir… sin mi permiso — insisto.
—Me dio pereza conducir a mi departamento.
—¿También dormir en el sofá? — le recrimino.
Luciano carraspea tan largamente que me ofende ese sonido. Como si yo fuese la que estuviese mal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un contrato inesperado con mi jefe