Él no responde más nada.
—¿Llegaste a terminar con ella? ¿O no y he de allí su escena? — pido saber.
Él no me quiere responder de nuevo. Mi molestia crece en mi estómago y me lleva a la ducha. Tomo la puerta de cristal y la abro. Con ello, pequeñas gotas de agua me mojan el rostro y la ropa. Como él ni se inmuta, yo sí tomo la delantera, entro en la ducha como tal y le agarro del hombro para que se volteé.
Es una mala jugada de mi parte.
Luciano se voltea, pero no para hablar conmigo sino para venírseme encima. Me sostiene por la cintura, por el cuello y me arrastra al agua. Logrando que quedé completamente empapada, presa en sus brazos y en sus labios.
Está besándome invasivamente y hundiendo sus fuertes manos en mi trasero. Intento resistirme con mis manos empujándolo para que se separe de mí. Es inútil por más que me resista, no puedo alejarlo de mí por su fuerza corporal. Tampoco puedo alejarlo de mí, por los efectos que genera en mi cuerpo. Admitiendo que esa supuesta inmunidad es falsa, me dejó llevar por mi propia lujuria.
Él me retira la chaqueta, consiguiendo que mi blusa anteriormente manchada con vino, quedé empapada y con ello, mi sostén sea visible en su totalidad. No se conforma con eso, me alza la falda, hasta exponer mi ropa interior.
Mi excitación asciende cuando en lugar de continuar besándome, me guía a pegarme de una de las paredes de cristal de la ducha. Me da la vuelta de modo que mi pecho esté en contacto con el vidrio, y mi espalda con su cuerpo. Desde esta posición pierdo el control de mi propio ser, y me dejo llevar por lo que sea que está pasando.
Luciano acaricia mis piernas, lame mi cuello y sus dedos se van haciendo espacio entre mis piernas. Es muy tarde para protestar cuando está bajándome la panty y acariciándome allí. También lo es cuando empieza a entrar en mi con uno de sus dedos. Lo hace tan suave y delicioso que mis gemidos no tardan en escucharse en este baño. Mis rodillas se van aflojando más, y con eso, él introduce el segundo.
—Te… te… odio… — digo entrecortadamente siendo presa del placer.
—No suenas, ni actúas como si sí lo hicieras… — me reta entrando y saliendo de mí.
Quiero responderle, pero me ahogo en mis propios gemidos y en el placer que siento allí abajo. En la locura que es que él sepa mejor que yo cómo tocar, dónde tocar y a qué velocidad tocar. En la bruma de sus movimientos, y besos en mi cuello, me dejó llevar por mi orgasmo. Es violento y caliente, siento a la perfección cómo me contraigo alrededor de sus dedos.

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