La verdad es que Luciano se ha descrito a la perfección. Esa es una buena parte de la imagen que él me da. También pienso en otras cosas buenas que tiene, pero no me sale nada de la boca. Él lo nota y ríe bajamente. Hemos llegado a mi departamento, va a aparcarse en la entrada por la trayectoria del auto.
—¿No quisieras usar mi puesto de estacionamiento? ¿Quisieras… subir a mi departamento? — le invito para tratar de enmendar esto.
Él lo pienso por unos segundos, y desciende al estacionamiento subterráneo. Uso el control del portón guardado en mi cartera para que pueda entrar y en pocos minutos, estamos entrando en mi departamento.
Me quedo con las llaves entre las manos, sin saber qué decirle. Se me ocurre ofrecerle comida, voy a la cocina directamente.
—¿Quieres beber algo? ¿O comer? Tengo un hambre terrible y mucho ramen instantáneo… — apenas pongo la olla para esto en la isla.
Luciano está sentado en el sillón individual que tengo en silencio, como meditando qué decirme o no. Dejo la olla y me acerco a él.
—Háblame, en qué piensas.
—Nada que no te hubiese dicho antes — comenta esquivo.
—¿En serio?
—Será mejor que me vaya… — dice tratando de levantarse.
Hago algo inesperado para mí. Lo empujo con suavidad por los hombros para que se vuelva a sentar, aprovechó también para subirme a su regazo. Él está sorprendido con mi reacción. Lo estoy por igual, el vestido se ha subido bastante, y nuestros centros se conectan.
—¿No prometimos ser honestos con el otro? Te lo volveré a preguntar, ¿en qué piensas?
Puede que sea la voz seductora que uso o la posición en la que estoy en donde siento su erección crecer. Una combinación de los dos tal vez, los ojos de Luciano se llenan de deseo, y los míos por igual. El posa sus manos en mis muslos desnudos.
—En lo mucho que quiero hacerte el amor.
Es lo único que dice para que me bese con voracidad, le respondo con la misma voracidad. Somos un enredo de caricias, balanceos y besos. La respiración me falta, tampoco me importa cualquier pensamiento anti sexo que haya tenido.
Poco me interesa cuando Luciano me carga al sofá más grande de mi sala y me acuesta con suavidad en él. Desde aquí se quita el suéter que llevaba y a mí me quita el vestido por la cabeza, quedando yo en ropa interior.

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