ZAYED
Hassan llevaba diez minutos junto a la ventana mirando la entrada del palacio.
Yo llevaba diez minutos mirándolo a él.
—Dígalo —hablé al final.
—No diré nada, señor.
—Pero está pensando algo.
Hassan giró apenas la cabeza hacia mí.
—Empiezo a dudar que la señorita Ríos aparezca.
Miré el reloj.
Las cuatro con ocho.
La cita era a las cuatro.
—Aparecerá.
—Se veía muy decidida cuando salió ayer.
Negué apenas.
—Se veía asustada. No es lo mismo.
Hassan no respondió.
Eso normalmente significaba que no estaba de acuerdo conmigo, pero tampoco planeaba discutirlo.
Me acomodé en el sillón y revisé el teléfono otra vez.
Nada.
Silencio.
Las cuatro y quince.
Me puse de pie y caminé hacia la ventana. Afuera solo estaban los guardias, las fuentes del jardín y el calor de Dubái aplastando todo bajo el sol.
Ella no iba a venir.
Lo sabía.
Y aun así seguía mirando la entrada como si eso fuera a cambiar algo.
Pasó una hora.
Nada.
Hassan seguía de pie junto a la ventana.
Yo seguía fingiendo que no me molestaba.
—Ve por ella —ordené finalmente.
—¿Sabe dónde está?
—En su hotel o en el aeropuerto. Revisa los dos.
Hassan asintió.
—¿Y si ya tomó un vuelo?
Lo miré.
—Entonces detén el avión.
No hizo preguntas.
Nunca las hacía.
Esa era una de las razones por las que confiaba en él más que en la mayoría de las personas.
Salió del salón y el silencio volvió a quedarse conmigo.
Tomé el teléfono y llamé a Khalid.
—¿Tienes el contrato?
—Listo para firmar.
—Ven al palacio.
—¿Ya aceptó?
Miré la entrada vacía otra vez.
—Solo ven, Khalid.
Colgué.
Mi padre apareció segundos después.
Ni siquiera escuché cuándo entró.
—¿Dónde está? —preguntó.
—En camino.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Zayed.
—Tengo esto bajo control, padre.
—Eso no responde mi pregunta.
Apreté la mandíbula.
—Llegará.
Mi padre guardó silencio unos segundos. Era experto en silencios que pesaban más que cualquier discusión.
—Tienes hasta esta noche —dijo finalmente.
Y se fue.
Solté el aire despacio apenas desapareció por el corredor.
—¿Puedo preguntar algo?
Giré la cabeza.
Layla estaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—¿Cuándo no? —respondí.
Entró al salón y se dejó caer en uno de los sillones como si estuviera entrando a una cafetería y no al centro de una crisis familiar.
—Ayer ibas a casarte con Nadia. Hoy la boda se canceló y al parecer existe otra mujer involucrada. —Levantó una ceja—. ¿Piensas explicarme qué pasó o debo inventar mi propia versión?

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