MARIANA
El taxi frenó frente al palacio Al Rashid.
Miré el edificio por la ventana y mi estómago hizo algo que prefería no analizar demasiado.
Ese lugar.
Esa familia.
Había organizado su boda durante cuatro meses. Hablé con Hassan más veces de las que hablé con mi propia madre ese mes. Sabía el nombre de cada proveedor, el orden exacto de entrada de los invitados y hasta la intolerancia alimentaria de tres miembros de la familia.
Y ahora estaba entrando ahí como…
¿Qué exactamente?
¿La mujer que arruinó la boda del jeque?
No.
No sabes eso, me recordé.
Técnicamente no sabes nada.
Era un argumento bastante mediocre, pero era el único que tenía.
Las puertas del palacio se abrieron antes de que llegara.
Hassan ya me esperaba adentro.
—Señorita Ríos.
—Señor Hassan.
Empezó a caminar y yo lo seguí por el enorme corredor de mármol blanco. Ninguno habló. Solo se escuchaban mis tacones golpeando el suelo y el sonido lejano de fuentes decorativas.
El ambiente estaba demasiado silencioso.
Eso nunca era buena señal.
Hassan se detuvo frente a una puerta doble.
—El señor Khalid la espera adentro.
Asentí.
—Bien.
Hassan dudó apenas un segundo.
—Y el señor Al Rashid también.
Me quedé quieta.
—¿El señor Al Rashid? —repetí lentamente.
—Sí.
—¿El jeque Zayed Al Rashid?
Hassan solo inclinó la cabeza.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
El mismo hombre del piso treinta y nueve.
El mismo hombre que me besó contra una pared hace dos noches.
El mismo hombre cuya boda debía celebrarse hoy.
Respiré hondo.
Llevaba diez años trabajando en eventos. Había manejado novias llorando, proveedores desapareciendo horas antes de una ceremonia y pasteles cayéndose en plena recepción.
Podía manejar esto.
Tal vez.
Bueno… probablemente no.
Pero iba a fingir que sí.
Abrí la puerta.
Y ahí estaba él.
De pie junto a la ventana.
De espaldas.
Exactamente igual que en la suite aquella noche.
Solo que ahora había luz.
Y verlo completamente no ayudó en absolutamente nada.
Traje oscuro.
Hombros anchos.
Perfil perfecto cuando giró la cabeza al escucharme entrar.
Me miró.
Yo lo miré.
Zayed Al Rashid.
El hombre más inconveniente del planeta.
Ninguno habló primero.
—Señorita Ríos —intervino el abogado Khalid desde la mesa principal—. Gracias por venir. Tome asiento, por favor.
Obedecí porque honestamente sentía las piernas un poco inestables.
Zayed siguió mirándome.
Eso era peor que si gritara.
El abogado acomodó unos documentos frente a él.
—Hay algo que necesitamos aclarar antes de hablar del contrato de cancelación del evento. El señor Zayed quiere hablar con usted.
Mis ojos fueron automáticamente hacia él.
Zayed no cambió de postura.
—Yo no sabía quién era usted —continué finalmente—. Fue un error. Entré a la habitación equivocada y…
Zayed hizo un pequeño gesto con la mano.

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