GABI
Esa noche, la de la cena, alguien se paró frente a mi puerta.
Yo estaba del otro lado, sentada en el piso con la espalda contra la cama, sin luz, aguantándome las ganas de llorar como una idiota por un hombre que en ese preciso momento le estaba pidiendo matrimonio a otra.
Y oí los pasos. Se detuvieron ahí, justo ahí. Y se quedaron. Mucho rato.
No sé cuánto. Se me hizo eterno.
Yo no me moví. No respiré. Me quedé mirando la rendija de luz debajo de la puerta, con dos sombras clavadas ahí, esperando el toque.
Nunca llegó.
Los pasos se fueron y yo me quedé en el suelo, en la oscuridad, sintiéndome la mujer más ridícula del mundo por haber esperado algo.
Al día siguiente supe que Yasmín había dicho que sí.
****
Las dos semanas siguientes fueron un desastre.
Y no lloré, ¿eh? Que quede claro. Yo no lloro por hombres. Lloré dos veces, tres máximo, y una fue por una película.
Simplemente… se me apagó algo. Andaba por esa casa como un fantasma con buen delineado. Comía porque hay que comer. Contestaba porque hay que contestar. Y en las noches me quedaba viendo el techo haciendo la lista de todo lo que fui: la que lo vistió, la que lo enseñó a conversar, la que le dijo "el beso va en la despedida", la que le enseñó a besar en una playa con arena en la boca.
La arquitecta de la relación.
Nadie construye una casa tan bonita para irse a vivir enfrente.
Karim intento sacarme una sonrisa, pobre.
—Señorita Gabi. —Me alcanzó en el pasillo un martes—. Le tengo una historia buenísima. Es sobre una cabra que se subió al techo de la casa de mi abuela.
—Ay, Karim.
—Se quedó tres días arriba. Tres. Vinieron los bomberos.
—Me la cuentas luego, ¿sí? —Le apreté el brazo al pasar—. Ahorita ando ocupada.
Así que hice lo que hago siempre que la vida se me pone insoportable: me puse a trabajar.
Y qué suerte la mía, porque justo había una fiesta de doscientos invitados para el cumpleaños del suegro más antipático de Medio Oriente.
Me metí en esa fiesta como quien se mete a un búnker.
Flores: mías. Menú: mío. Distribución de mesas, protocolo de recepción, tiempos de servicio, iluminación del jardín, el escenario, el orden de los discursos: míos. Halima me miraba con una mezcla de gratitud y terror. Doña Carmen me dijo "mija, tú no estás organizando una fiesta, tú te estás escondiendo de algo", y le contesté que se ocupara de su cocina.
Porque mientras yo estuviera con un clipboard en la mano, no tenía que estar en la misma habitación que Khalid.
Y eso era exactamente lo que necesitaba. Porque si Khalid se me acercaba a contarme de su compromiso, si me decía "Gabi, gracias, todo esto fue gracias a ti", si me pedía —Dios no lo quiera— que le ayudara a organizar la boda…
yo no lo iba a soportar. No con dignidad.
Lo bueno es que no hizo falta.
Porque él también me estaba esquivando.
Dos semanas. Catorce días bajo el mismo techo. Y ese hombre y yo no cruzamos ni una frase completa.
La víspera del cumpleaños, a las siete de la tarde, crucé el salón principal con mi clipboard revisando la colocación de los candelabros.
Y ahí estaban.
Khalid y Yasmín, junto a la puerta, despidiéndose.
Me metí detrás de una columna como una espía de tercera. Sí, ya sé. Patético. Pero no iba a atravesar ese salón como si nada.
—Nos vemos mañana entonces —dijo ella—. ¿A las siete?
—A las siete. —La voz de Khalid sonaba… rara. Plana.

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