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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 101

MARIANA

El día del cumpleaños de Mansour amaneció convertido en un manicomio.

Toda la casa era un caos de preparativos. Gabi corría con su clipboard gritándole a medio mundo. Mi madre y Halima peleaban en la cocina por el tamaño de unas charolas. Layla acomodaba flores. Y en medio de ese huracán, Zayed me agarró de la mano en un pasillo y me metió a la biblioteca, cerró la puerta con llave, y el ruido del mundo se apagó de golpe.

—¿Qué haces? —Me reí—. Hay doscientas cosas que hacer.

—Que las haga alguien más. —Me pegó a él por la cintura—. Llevo tres días sin tenerte cinco minutos para mí solo.

Puso música bajito en su teléfono. Una canción vieja, lenta, en un idioma que no entiendo. Y ahí, entre los libros, en la penumbra, con toda la casa dando vueltas del otro lado de la puerta, me puso las manos en la cintura y empezó a mecerme despacio.

Bailamos. Sin hablar. Frente con frente.

Y por un rato, uno de esos ratos que uno no sabe que va a extrañar hasta que los pierde, no hubo contrato, ni fecha, ni Mansour, ni cumpleaños, ni nada. Solo su respiración, el peso tibio de sus manos, y esa sensación imposible de estar exactamente donde debía estar.

—Odio esta fiesta —murmuró contra mi cabello—. Odio a los doscientos invitados. Odio los discursos. Odio tener que compartirte con toda esa gente esta noche.

—Es el cumpleaños de tu papá.

—Ya sé. —Suspiró—. Por eso voy a portarme bien. Un día.

Me reí contra su pecho.

Y me quedé ahí, meciéndome con él en la biblioteca, robándole cinco minutos al mundo antes de que el mundo nos los cobrara todos juntos.

—

—Me tengo que ir. —Se separó, a regañadientes—. Tengo una reunión en la oficina que no pude mover. Cierre de trimestre. Un desastre.

—¿Hoy? —Fruncí el ceño—. ¿El día de la fiesta?

—Salgo temprano, te lo juro. —Me tomó la cara—. Llego con horas de sobra para arreglarme y estar a tu lado cuando empiece todo. No me perdería por nada del mundo verte con el vestido que Layla te obligó a comprar.

—Más te vale. —Le acomodé la corbata—. Porque no pienso aguantar sola a doscientos desconocidos y a tu papá.

—A las siete estoy aquí. —Me besó, largo, de esos que se guardan—. Te lo prometo, Mariana. A tiempo para la cena de mi padre. Aquí, contigo.

Y se fue.

Esa fue la última vez en toda la noche que lo tuve cerca.

—

La tarde se me fue en un parpadeo, entre pruebas de vestido, la peinadora, y correr detrás de Valentina para que no se ensuciara antes de tiempo.

Cuando bajé, ya de noche, la casa era otra. Los faroles encendidos, el jardín transformado, la música, los meseros de guante blanco. Todos elegantísimos. Layla de verde esmeralda. Mi madre, a la que Gabi obligó a ponerse un vestido, rezongando que parecía pastel pero guapísima.

Gabi, en cambio, seguía en ropa de diario.

—¿No te vas a arreglar? —le pregunté.

—No voy a bajar. —Me sonrió, y fue una sonrisa cansada—. Me quedo con Valentina arriba. Alguien tiene que cuidarla, y yo ya vi suficientes fiestas por hoy. —Cargó a mi hija en brazos—. Nos vamos a hacer un fuerte de cobijas y a ver caricaturas. ¿Verdad, princesa?

—¡Sí! —Valentina aplaudió.

La miré. Y supe exactamente por qué no quería bajar. Sabía que abajo iba a estar Khalid. Con Yasmín. Con el anillo. Y mi amiga, que se había roto en silencio desde ese compromiso, no tenía fuerzas para sonreírle a doscientos invitados fingiendo que no le dolía.

Había decidido, hacía días, no volver a tocar el tema con ella. Gabi lloraba para adentro, como yo, y las mujeres como nosotras a veces solo necesitamos que nos respeten el silencio.

—Cuídamela mucho. —Le besé la frente a Valentina y le apreté el brazo a Gabi—. Y come algo, ¿eh? Te subo un plato.

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