CARMEN
Ya llevamos cuatro semanas con la misma rutina, Hassan y yo.
A las cinco de la tarde, cuando baja el calor, yo agarro dos tés y me voy a la terraza chica, la que da a los naranjos. Él ya está ahí, sentado en su silla, con el brazo todavía en cabestrillo pero cada día más rezongón, que en los hombres es la señal de que están sanando.
Nos sentamos. Nos peleamos un rato. Y platicamos hasta que oscurece.
Increíble como el tiempo pasaba tan rápido en Dubai.
Nos reímos los dos como dos viejos locos.
Y así estamos todos los días. Yo no sé en qué momento este señor se me volvió el único con el que puedo hablar en toda esta casa de mármol.
—Hassan. —Dejé el té—. Le voy a hacer una pregunta y le voy a pedir que me conteste como el hombre decente que es.
—Ay, Dios. —Se acomodó en la silla—. Ya me asusté.
—Dígame la verdad sobre el matrimonio de mi hija.
Hassan se quedó quieto.
—Señora—
—Óigame primero. —Levanté la mano—. Yo no soy tonta. Llevo cuatro semanas aquí y he juntado cosas. Mi hija se casó en dos semanas con un hombre que apenas conocía. El suegro la desprecia delante de todos y ella se lo aguanta, y mi hija nunca en su vida se ha aguantado nada de nadie. En esta casa nadie habla de la boda; les pregunto y todos cambian de tema como si les hubiera preguntado por un muerto. Hay guardias en la puerta, a mi nieta no la dejan salir sin escolta, y a usted, a usted, Hassan, le metieron un balazo por defenderlas en un parque. —Se me quebró tantito la voz y me dio rabia—. Y ahora resulta que en la calle andan diciendo que ese matrimonio no fue por amor. Que hubo un papel. Un contrato de un año.
Hassan levantó la vista de golpe.
—¿Quién le dijo eso?
—Un señor. —Me crucé de brazos—. Muy amable. Muy elegante. Se me apareció en el mercado, me invitó un café y me lo soltó así, como quien no quiere la cosa.
Y ahí, por primera vez desde que lo conozco, a Hassan se le puso una cara que me dio miedo de verdad.
—Señora Carmen. —Se enderezó, y le dolió el hombro y no le importó—. Escúcheme bien. No le haga caso a desconocidos.
—Entonces me está diciendo que lo del contrato es mentira.
Hassan abrió la boca.
Y no dijo nada.
Se quedó ahí, mirando su té, con esa cara de hombre honrado al que le están pidiendo que escoja entre mentir y traicionar.
Y ese silencio, mijo, valió por una confesión firmada.
—Ay, Hassan. —Se me hizo un nudo—. Es cierto, ¿verdad?
—Yo no dije eso.
—No me lo tiene que decir. —Me limpié los ojos con el dorso de la mano, rápido—. Mi hija está metida en algo feo y yo estoy aquí, sentada, tomando té, como una tonta. Dígame por lo menos si mi Mariana está en peligro. Eso sí me lo puede decir.
Hassan me miró. Y me tomó la mano con la suya buena, así, sin permiso, con esa confianza que ya nos tenemos.


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