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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 102

MARIANA

Mansour la paseó por toda la casa.

Del brazo, como un trofeo. De grupo en grupo, de invitado en invitado, presentándola con esa voz de patriarca satisfecho que se oía por encima de la música. *Aaliyah Bin Saqr, la hija de mi querido amigo. Aaliyah, permíteme presentarte al ministro. Aaliyah, querida, cuéntales de tus estudios en Londres.*

Y ella, impecable, sonriendo, recibiendo besos en la mejilla, dejándose fotografiar en el jardín de mi casa.

Y yo ahí. De pie junto a una columna, con mi copa, siendo la señora de la casa a la que nadie estaba presentando.

—Mija. —Mi madre llegó a mi lado con un plato de canapés que se estaba comiendo sin ninguna vergüenza—. Te voy a decir algo y no te enojes.

—Dime.

—Esa muchacha parece la esposa de tu marido. —Masticó—. Y tú pareces la organizadora de la fiesta.

—Ma.

—Es la verdad y me duele decirla. —Bajó el plato—. Mírala. El viejo la trae del brazo por toda su casa, la presenta con todo el mundo, se ríe con ella, la exhibe. ¿Y a ti? ¿A ti cuántas veces te ha presentado esta noche, hija? ¿Una? ¿Ninguna? —Me miró—. Tú eres la señora de esta casa. Y ese hombre está pasándote por encima delante de doscientas personas y de todas las cámaras de Dubái.

Apreté la copa.

Y lo peor es que no era que yo quisiera estar ahí, sonriendo del brazo de Mansour, saludando ministros. Eso me daría igual. Me da igual esa gente.

Lo que me hervía era la intención. Porque cada paso de ese viejo era un mensaje. Y todo el mundo lo estaba leyendo.

—Voy a comer algo —dije, porque necesitaba moverme antes de hacer una escena—. Ya vengo.

Estaba en la mesa del buffet, sirviéndome cualquier cosa para tener las manos ocupadas, cuando la sentí llegar a mi lado.

—Mariana.

Aaliyah. De cerca, el vestido era todavía más impresionante.

—Aaliyah. —Le sonreí con toda la educación que me quedaba—. Te ves preciosa.

—Gracias. —Miró alrededor—. ¿Y Zayed? No lo he visto en toda la noche.

—Está por llegar. —Tomé una servilleta—. Se le complicó una reunión.

—Ah. —Asintió despacio, y algo en su cara se puso triste—. Qué bueno. Pensé que… en fin.

Aaliyah dudó. Se acomodó una joya del cuello. Y cuando habló, lo hizo bajito, casi con dulzura.

—Mariana, ¿puedo decirte algo? De mujer a mujer. —Suspiró—. Sé que nuestras culturas son muy distintas. Tú vienes de un lugar donde una mujer decide, elige, se enamora, dice que no. Aquí no. Aquí, a las mujeres como yo nos crían para obedecer. Mi padre decide y yo acato, sin quejarme, sin preguntar. —Me miró a los ojos—. Y quiero que sepas que a mí esto no me da gusto. De verdad que no. Lamento muchísimo que las cosas terminen así para ti.

Me quedé con el plato a medio servir.

—¿Que terminen así… cómo?

—No te hagas la fuerte conmigo. —Me tocó el brazo, comprensiva—. No hace falta. Al menos, dentro de todo, a mí me tocó suerte. —Se encogió de hombros—. Zayed es joven. Es guapo. No es cruel. Podría haberme tocado un socio de mi padre de sesenta años, y créeme que era una posibilidad real. Así que no me voy a quejar. A mí me da igual que sea él o cualquier otro, porque de todas formas me tengo que casar con el hombre que mi padre elija. Pero que sea Zayed… bueno. Podría ser mucho peor.

Se me heló la sangre.

—Aaliyah. —Dejé el plato en la mesa—. Explícate. Ahora mismo.

Y ahí, por primera vez, ella se dio cuenta.

Se le abrieron los ojos.

—Ay, no. —Se llevó la mano a la boca—. No lo sabes.

—¿Qué es lo que no sé?

—Mariana…

—Habla. —Mi voz salió temblando de una manera que no reconocí—. Por favor.

—El contrato. Tu contrato de matrimonio. —Tragó—. Tiene una cláusula. Al final. Dice que cuando se cumpla el año y tu matrimonio con Zayed se disuelva, él se casa conmigo. Está pactado entre las familias desde antes de tu boda. Firmado, Mariana. Con abogados. Con testigos. —Me miró con lástima—. Yo pensé que lo sabías. Pensé que por eso lo tuyo era un año exacto. Todo el mundo en nuestro círculo lo sabe.

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