MARIANA
Los aplausos me llegaron amortiguados, como si yo estuviera bajo el agua.
Doscientas personas aplaudiendo. Los flashes estallando. Aaliyah en el escenario, bajando la mirada con una modestia perfecta mientras Mansour le sostenía la mano en alto como un trofeo.
*Futura esposa de mi hijo Zayed.*
—Respira, hija. —Mi madre apareció a mi lado y me agarró del brazo con una fuerza de hierro—. Respira y no llores. No aquí.
—Ma, yo no entiendo—
—Yo sí. —Su voz salió dura—. Lo entendí desde el principio: ese contrato tenía trampa. Esa gente nunca hace nada sin letra chica.
Me giré a mirarla, y se me olvidó hasta el escenario.
—¿Qué contrato?
—El tuyo. El de un año que firmaste para casarte con el hijo de este señor. —Me sostuvo la mirada—. Lo sé desde hace días. No te dije nada porque quería ver si me lo decías tú. Ya luego arreglamos ese pleito. —Me apretó el brazo—. Ni una lágrima delante de esta gente. Después lloramos las dos lo que quieras. Aquí, no.
Y Mansour, arriba, seguía hablando.
—La casa Al Rashid ha sido siempre una casa de honor. Y el honor no es lo que uno hace cuando todos lo aplauden: es lo que uno hace cuando se equivoca. —Hizo una pausa—. Hace unos meses, mi hijo cometió un error de juventud. Una noche con una extranjera. Una mujer que no era de nuestro mundo, que no conocía nuestras costumbres, y que quedó expuesta a la murmuración pública.
Sentí doscientas cabezas girando hacia mí.
Doscientas. Y las cámaras detrás de ellas.
—Y Zayed hizo lo que hacen los hombres de esta familia: respondió. —Se llevó la mano al pecho—. Se casó con ella para protegerla, para darle su nombre, para que ni ella ni su hija cargaran con la vergüenza. Un año entero de su vida entregado a reparar un error. Eso, señores, es un hombre de palabra.
Aplausos. Cálidos, admirados.
Me estaban aplaudiendo la caridad que me habían hecho.
—Ese compromiso se cumple en dos meses. —Sonrió—. Y una vez pagada esa deuda de honor, vendrá lo que todos esperábamos: la boda de mi hijo Zayed y de Aaliyah.
Más aplausos. Alguien silbó.
—Ay, cómo es insoportable este señor —masculló mi madre—. Insoportable.
Yo ya no oía nada. Porque entendí lo que Mansour había hecho, y era peor que humillarme: me acababa de convertir, delante de todo Dubái, en un error. En una deuda pagada.
Y a mi hija, en el equipaje.
—Voy adentro. —Me temblaba la voz—. Necesito aire.
Entré por la puerta lateral, para no cruzarme con nadie.
Y me crucé con alguien.
—Mariana.
Omar.
—¿Estás bien? Vi el anuncio. Fue brutal. —Dio un paso—. Si necesitas hablar, o salir de aquí, o lo que sea—
—No tengo deseos de hablar con nadie. —Ni lo miré—. Con permiso.
Seguí caminando, sintiendo sus ojos en la espalda todo el pasillo.
Doblé la esquina y casi me estrello con Khalid.
—Mariana. —Se detuvo en seco—. Acabo de enterarme de lo que dijo mi padre. Yo no sabía que iba a—
—¿Es cierto? —Lo agarré del brazo—. ¿Hay una cláusula que dice que Zayed se casa con Aaliyah cuando termine el año?
Khalid cerró los ojos.
—Sí. Es la última cláusula. —Me sostuvo la mirada—. Y sí: Zayed la aceptó. La firmó.
Se me fue el aire.
—Pero al inicio. —Me tomó de los hombros—. Cuando firmó eso, tú eras un problema legal que resolver. No te conocía. Firmó como firma un hombre que no cree en el amor. —Me apretó—. Ese hombre ya no existe. Mi hermano está enamorado de
—No quiero escuchar Kahlid.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque