ZAYED
Estuve tres horas estacionado frente a la casa de Omar.
Con el motor apagado, del otro lado de la calle, mirando ese muro blanco y ese portón cerrado como un idiota. Esperando. Rezando por que se abriera. Por que Mariana saliera a caminar, a tomar aire, a comprar algo, cualquier cosa, y yo pudiera bajarme del auto, cruzar la calle y hablarle cinco minutos antes de que sus guardias me cayeran encima.
No salió nadie.
Ni ella, ni la niña, ni su madre. La casa entera parecía muerta detrás de ese muro. Solo, una vez, vi moverse una cortina en el segundo piso, y el corazón se me subió a la garganta pensando que era ella.
Al caer la tarde, con la boca seca y la espalda entumida, entendí que ese día tampoco iba a verla. Encendí el motor y me fui, sintiéndome el hombre más inútil del mundo. Tengo empresas en tres continentes, muevo millones con una llamada, y no soy capaz de cruzar una calle para hablar con mi propia esposa.
Llegué a casa, subí a mi habitación y me dejé caer en la cama sin quitarme siquiera el saco.
Un minuto después, tocaron a la puerta.
—Adelante.
Layla asomó la cabeza. Traía una cara rara. Suave y triste a la vez.
—¿Molesto?
—Nunca. —Me senté—. Pasa.
Se sentó en la orilla de la cama, se acomodó las manos en el regazo, y por un momento no dijo nada.
—¿Sabes algo de Mariana? —preguntó al fin.
—Nada. —Negué con la cabeza—. Estuve toda la tarde frente a la casa de Omar como un espía. No salió. No sé nada de ella, Layla. Nada.
—La vas a recuperar. —Me apretó la mano—. Yo lo sé. Nunca te había visto así por nadie. Un hombre que ama de esa manera no se rinde.
—Ojalá tengas razón.
—Zayed. —Respiró—. Me voy a ir unos días. De viaje.
—¿A dónde?
—A un retiro. Un santuario en las montañas, lejos de la ciudad. —Jugó con el anillo de su mano—. Sin teléfono, sin ruido, sin nadie. Necesito… necesito estar sola un tiempo. Aclararme.
La miré con cuidado.
—¿Está todo bien, Layla?
—Sí. —Contestó demasiado rápido—. Sí, todo bien. Es solo que… —Se detuvo, buscando las palabras—. Tengo cosas en la cabeza, hermano. Cosas que no logro ordenar aquí, en esta casa, con papá vigilando cada gesto y toda esta guerra a nuestro alrededor. Siento que si no me voy un tiempo, me voy a perder. —Levantó la vista—. Necesito encontrar un poco de paz. De tranquilidad. Aunque sea prestada.
No le pregunté por qué.
Podría haberlo hecho. Podría haberle preguntado qué le pesaba tanto, qué había pasado, por qué de pronto mi hermana, que nunca sale sola a ningún lado, quería encerrarse en una montaña. Podría haber notado que le temblaba un poco la voz cuando hablaba de "cosas en la cabeza".
Pero yo, más que nadie en esta casa, sé lo que es cargar algo que no puedes contar. Y sé que a veces lo único que uno necesita no es que le pregunten, sino que lo dejen ir.
—Está bien. —Me acerqué y la abracé—. Si tú crees que eso te va a ayudar, entonces está bien, Layla. Vete. Encuentra lo que tengas que encontrar. La casa va a seguir aquí cuando vuelvas. Yo voy a seguir aquí.
Layla se aferró a mi abrazo un segundo más de lo normal.
—Gracias, Zayed. —Su voz salió apretada—. Por no preguntar.
—Para eso estoy. —Le besé la frente—. Cuídate. Y si necesitas algo, lo que sea, me llamas y muevo el cielo.

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