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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 115

MARIANA

La casa se quedó en un silencio horrible cuando se fueron.

Las vi subir al auto que las llevaría al avión privado. Valentina medio dormida, sin entender bien por qué la abuela la cargaba y mamá no venía. Mi madre con la cara descompuesta, mirándome por la ventanilla hasta que el auto dobló la esquina y desaparecieron.

Y me quedé sola. En la casa de Omar Hamza. Del otro lado del mundo de todo lo que amo.

Pero están a salvo. Eso me repetí toda la mañana, cada vez que el llanto amenazaba con ganarme. *Están a salvo. Valentina va camino a México, lejos de este hombre, lejos de esta jaula. Hiciste lo correcto, Mariana. Lo volverías a hacer.*

Me lo repetí tantas veces que casi me lo creí.

En la tarde, una de las muchachas del servicio tocó a mi puerta.

—El señor Hamza la espera a cenar. A las ocho. —Bajó la mirada, incómoda—. Y… dejó esto para usted. Pidió que se lo pusiera.

Sobre la cama, cuando entré, había un vestido.

Largo, entallado, de un color aqua profundo que brillaba con la luz. Sensual. De esos que no se ponen para cenar con la familia. De esos que un hombre elige para una mujer cuando ya decidió lo que quiere de la noche.

Me quedé mirándolo un rato largo, de pie junto a la cama, con las manos frías.

Y entendí, sin que nadie me lo dijera, lo que significaba esa "sorpresa" que Omar me había prometido para la cena.

Se me revolvió el estómago.

No quise ni imaginarme lo que venía después de la cena. Pero no hacía falta imaginar. El vestido lo decía todo. La casa cerrada lo decía todo. Los guardias en las puertas lo decían todo.

Me senté en la orilla de la cama y por un momento me permití lo que no me había permitido en toda la mañana: tuve miedo. Miedo de verdad. Del tipo que te enfría las manos y te seca la boca.

Y aguanté las lágrimas. Porque llorar no me iba a sacar de ahí.

Me puse de pie, me quité mi ropa y me puse ese vestido que odiaba, porque negarme era darle a Omar la pelea que él quería, y yo iba a escoger mis batallas. Me miré en el espejo: una mujer hermosa, arreglada, con los ojos llenos de un pánico que el maquillaje no tapaba.

*Aguanta*, me dije. *Piensa. Busca la salida. Tú siempre encuentras la salida.*

Bajé a cenar.

Omar me esperaba de pie junto a la mesa, y se le iluminó la cara cuando me vio bajar la escalera.

—Estás deslumbrante. —Me tomó la mano y me besó los nudillos—. Sabía que ese color era para ti.

Retiré la mano en cuanto pude.

—¿Dónde están mi madre y mi hija? —Fue lo único que me importaba—. Prometiste avisarme cuando llegaran.

—Y cumplo mis promesas. —Sonrió, sacó el teléfono y me lo tendió—. Mira. Aterrizaron hace dos horas. Sanas y salvas, como te juré.

Le arranqué el teléfono.

Y ahí estaban. Fotos. Mi madre y Valentina bajando de un avión en Guadalajara, bajo ese cielo que reconocería en cualquier parte. Otra de las dos en un auto. Otra más, de Valentina dormida en los brazos de mi madre, en un lugar que reconocí: la sala de la casa de mi mamá.

Estaban en casa.

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