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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 116

MARIANA

—Shh. Tranquila. —Me atrajo hacia él—. No pasa nada…

—No.

Le puse las dos manos en el pecho y empujé con toda mi fuerza.

—No, Omar. Suéltame. Ya te dije que no.

—Mariana. —Su voz cambió. Se le fue la dulzura y quedó otra cosa debajo, algo duro, algo feo—. No me hagas perder la paciencia. He sido generoso. He sido paciente. No abuses de eso.

—¡Que me sueltes!

Me agarró de los dos brazos y me atrajo de un tirón, y ahí se le cayó la máscara del todo. Ya no era el hombre de los regalos y las sonrisas. Era un hombre acostumbrado a que todo lo que quiere se lo dan, y que no entendía por qué esta vez no.

Me revolví. Le empujé la cara con la mano, le clavé las uñas, traté de zafarme de esos dedos que me apretaban los brazos hasta doler. No iba a dejar que ese hombre me tocara. Antes lo mataba o me mataba yo, pero no así, no en contra de mi voluntad, no yo.

—Estate quieta —gruñó, forcejeando conmigo—. Deja de pelear, mujer, vas a ver que…

No terminó la frase.

Se oyó un golpe seco y horrible, un estruendo de vidrio, y Omar se quedó a media palabra, con los ojos muy abiertos.

Y se desplomó.

Cayó al piso a mis pies, entre los pedazos de una botella de vino rota, y no se movió.

Levanté la vista, temblando, con el corazón en la garganta.

Y ahí estaba Nadia.

De pie, con el cuello roto de la botella todavía en la mano, respirando agitada, mirando a su marido tirado en el suelo con una mezcla de terror y de algo que se parecía al alivio.

—Nadia—

—Corre. —Soltó la botella—. No tenemos tiempo. Va a despertar, o va a venir alguien. Corre, Mariana. Ahora.

Me agarró de la mano y me jaló hacia el pasillo de servicio, el de atrás, el que yo no conocía.

Corrimos.

—¿Por qué? —le pregunté entre jadeos, sin dejar de correr—. ¿Por qué me ayudas, Nadia? Me odias. Me lo dijiste tú misma. Te arruiné la vida.

—Cállate y corre.

—¡Necesito saber por qué!

Nadia se detuvo un segundo en una esquina, comprobó que no viniera nadie, y me miró.

—Porque me equivoqué contigo. —Lo dijo rápido, con rabia, como si le costara admitirlo—. Yo te odiaba. Te culpaba de todo. De mi boda, de mi vergüenza, de mi vida hecha pedazos. Y el otro día, cuando te grité en el pasillo como una loca… tú tenías todo el derecho de gritarme de vuelta. De humillarme. Omar te estaba defendiendo, me estaba pisoteando a mí delante de ti. —Tragó—. Y en vez de aprovecharlo, me pediste perdón. Tú. A mí. Reconociste que yo tenía razón. Nadie en esta casa me había tratado con respeto en años, Mariana. Nadie. Y lo hizo la mujer que yo creía que era mi enemiga.

Se le quebró la voz.

—Ahí me di cuenta de que la mala nunca fuiste tú. —Volvió a jalarme de la mano—. La mala fue esta casa. Este hombre. Esta vida. Y no te voy a dejar que te tragues lo mismo que me tragué yo. Ahora corre, que se nos acaba el tiempo.

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