Entrar Via

Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 118

Me giró la cara. Fuerte. Me ardió la mejilla que Omar ya me había reventado.

—Eso —dijo, temblando, con los ojos llenos de lágrimas— es por mentirme.

—Mariana—

—¡Había una cláusula, Zayed! —Me empujó el pecho—. ¡Que te casabas con Aaliyah cuando termináramos! ¡Firmada por ti! ¡Y nunca me la dijiste! ¡Me enteré delante de doscientas personas, por la boca de esa mujer, como una idiota, mientras tú estabas en Abu Dabi con la familia de tu prometida! —Se le quebró todo—. ¡Me dejaste sola para que me humillaran! ¡Tu firma, Zayed!

—Yo no firmé esa cláusula.

Se detuvo.

—Y no lo digo para que me perdones. —Le sostuve la mirada, sin soltarle la cara—. Lo digo porque es la verdad, y tú mereces la verdad completa. Yo no negocié esa cláusula. Yo no acepté casarme con Aaliyah. Nunca. Ni antes de conocerte, ni ahora, ni muerto. —Apreté la mandíbula—. Esa cláusula la metió mi padre. La escondió entre veinte papeles la noche antes de la boda, cuando yo firmaba con rabia, con el escándalo encima, sin leer cada línea. Firmé donde me señalaban, con la cabeza en otra parte. Y ahí, entre todo, mi padre metió su trampa.

—Khalid la conocía —dijo ella, dura—. Gabi le sacó que había una cláusula secreta. Él sabía y no me advirtió.

—Khalid también fue engañado. —Negué con la cabeza—. Él redactó el contrato, sí; mi padre se lo dictó y le hizo creer que yo estaba de acuerdo con todo. Khalid pensó este tiempo que yo conocía esa cláusula y la había aceptado. Por eso no dijo nada: no creyó estar guardando un secreto, creyó estar respetando una decisión mía. —La miré—. El día que mi padre me la restregó en la cara, la segunda cara más sorprendida de Dubái fue la de Khalid. La primera, la mía. A los dos nos vio la cara el mismo hombre.

—Y lo de Abu Dabi.

—También fue él. —No aparté la mirada—. Negociación falsa, teléfono desaparecido, avión averiado. Me dejaron incomunicado a propósito para que no llegara a impedir el anuncio. Me sacaron de mi propia casa para humillarte sin que yo pudiera ponerme delante. —Bajé la voz, pero no la firmeza—. Y cuando desperté y te vi subiendo al auto de Omar en cada pantalla del país, no me derrumbé. Volví a Dubái a partirle la cara a ese hombre. Fui a su casa, grité tu nombre, me agarré a golpes con él, me sacaron a rastras cuatro guardias. Y al día siguiente volví. Y al otro. Nunca dejé de buscarte. Mi padre te hizo creer que te solté. No me sueltes tú a mí por una mentira suya.

Mariana me miraba temblando, entre la rabia y algo que empezaba a ablandarse.

—Tu padre —dijo al fin, con la voz rota— es un monstruo, Zayed. Un monstruo con bastón.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Una noche en Dubai, un año para el Jeque