GABI
—Estás lavando ese auto como si fuera un altar. —Le pasé a Karim otra cubeta—. Ya déjalo, va a quedar más limpio que un quirófano.
—Un auto limpio es respeto, señorita Gabi. —Le pasó la esponja al cofre, muy solemne—. Mi tío Hassan me lo enseñó. "El día que dejes de cuidar tus herramientas, deja de trabajar."
—Tu tío tiene una frase para todo.
—Tiene una vida entera de frases. —Se rió. Y después, sin dejar de tallar, bajó un poco la voz—: Oiga. ¿Ya sabe la buena noticia?
—¿Cuál buena noticia?
—El señor Zayed y la señora Mariana. —Me miró de reojo, con una sonrisa—. Están juntos otra vez. De verdad esta vez. Los llevé yo a la suite la noche que la sacamos de casa de Hamza, y le juro, señora, que nunca he visto a dos personas abrazarse así. Como si el otro fuera aire.
Se me llenó el pecho de algo tibio.
—Ay, Karim. —Solté la cubeta—. No sabes el gusto que me da. No sabes. —Se me quebró un poquito la voz—. Esa mujer se merece esto más que nadie en el mundo. Pasó por un infierno. La demanda, el escándalo, la balacera, el secuestro de ese loco de Omar… todo. Y todavía tuvo corazón para seguir queriendo. —Sonreí—. Y mira. Al final ganó. Ni el monstruo de Mansour, con todo su dinero y su bastón y sus trampas, pudo separarlos. Eso es amor del bueno, del que no se rinde. Del de las telenovelas, pero de verdad.
—Del que no se rinde. —Karim asintió despacio, y por un segundo me pareció que lo decía pensando en otra cosa. En otra persona—. Sí. Ese es el bueno.
Estaba a punto de preguntarle qué le pasaba cuando oí el motor.
Un auto entrando por el portón. Lo reconocí antes de verlo, porque mi cuerpo ya lo reconoce solito.
Khalid.
Y ahí voy yo, como una quinceañera, sintiendo cómo se me subía la sonrisa a la cara sin permiso.
Porque desde esa noche. Desde el asiento trasero de ese mismo auto, desde que dejamos de escondernos aunque fuera por unas horas, no puedo verlo llegar sin sonreír como una tonta. Es más fuerte que yo. Lo veo y se me olvida que soy una mujer adulta con dignidad y me convierto en una boba con el corazón a mil.
El auto se detuvo. Khalid bajó, se acomodó el saco, levantó la vista.
Y me vio.
Y me sonrió. Esa sonrisa que no le da a nadie más, la de los ojos, la que yo creía que era solo mía.
Le empecé a devolver la sonrisa.
Y entonces se abrió la otra puerta del auto.
Y bajó Yasmín.
Con un vestido claro, el pelo perfecto, una sonrisa dulce. Bajó del auto de Khalid, rodeó el cofre con esos pasitos suaves suyos, y se le colgó del brazo. Natural. Cómoda. Como quien ya lo ha hecho mil veces y piensa hacerlo mil veces más.
Y Khalid… Khalid no la apartó.
Dejó que se le colgara del brazo, le dijo algo al oído, y los dos caminaron juntos hacia la casa, pegaditos, prometidos, perfectos, pasando a unos metros de mí sin que él volviera a mirarme ni una sola vez.
Se me cayó la sonrisa al piso, junto a la cubeta.

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