KHALID
Yo no traje a Yasmín a la casa para presumir un noviazgo.
La traje para terminarlo.
Ese era el plan. Llevarla a comer a un lugar tranquilo, lejos de todo, y decirle la verdad: que es una buena mujer, que no se merece a un hombre que ama a otra, que lo justo para los dos es soltar esto antes de que se vuelva un matrimonio infeliz. Lo ensayé toda la mañana. Tenía hasta las palabras escogidas.
Y entonces, a media mañana, sonó mi teléfono.
Era mi padre.
—Me enteré de la buena noticia, hijo. —Su voz, meliflua, de las que más miedo me dan—. Que le pediste matrimonio a la muchacha Yasmín. Qué callado te lo tenías. —Una pausa—. Tráela a la casa. Hoy. Quiero felicitarla en persona. Es de buena familia, es lo único sensato que has hecho en meses, y quiero darle la bienvenida como corresponde.
Y ahí supe que estaba atrapado.
Alguien le contó. No sé quién. Layla no fue, ella jamás. Alguien del servicio, quizá, o Yasmín misma se lo mencionó a alguien. Da igual. Mi padre ya lo sabía, ya lo había aprobado, y con mi padre una cosa aprobada es una cosa hecha. Terminar con Yasmín después de que él la bendijo en persona era declararle otra guerra. Y ya tengo una guerra abierta en esta casa; la de Zayed.
Así que me tragué el discurso ensayado. Y traje a Yasmín a que la felicitaran.
Como un cobarde.
—¡Yasmín, querida! —Mi padre se levantó del sillón con una sonrisa que le he visto tres veces en la vida, todas fingidas—. Bienvenida a esta familia. Ven, siéntate. Déjame verte.
Yasmín se sonrojó, encantada.
—Gracias, señor Al Rashid. Es un honor.
—El honor es nuestro. —Mi padre le tomó las dos manos—. Una muchacha de tu casa, de tu educación, de tu familia. Eso es lo que necesita este apellido. Sangre buena. Gente de orden. —Me lanzó una mirada de reojo, venenosa, que Yasmín no captó—. Ya era hora de que uno de mis hijos eligiera con la cabeza y no con… otras partes.
—Padre.
—Es un cumplido, Khalid. —Volvió a sonreírle a ella—. Yasmín, hija, te prometo una cosa. Mi hijo Khalid es el más sensato de esta familia. Ordenado, cumplidor, un hombre de palabra. Te va a hacer muy feliz. Te lo garantizo yo, personalmente.
Y Yasmín lo miró con unos ojos llenos de ilusión, agradecidos, creyéndose cada palabra.
Y yo sentí que se me revolvía el estómago.
Náuseas. Náuseas de verdad. Porque cada palabra de mi padre era una piedra más en un muro que me estaban levantando alrededor, y porque Yasmín —que no tiene ninguna culpa, que es buena, que solo quiere una vida tranquila— estaba sonriendo, feliz, mientras la casaban con un hombre que la noche anterior no dejaba de pensar en otra.
Ya no quiero esta boda. Después de Gabi, después del asiento de ese auto, después de descubrir lo que se siente querer a alguien de verdad, no puedo. No puedo pararme en un altar y prometerle a Yasmín una vida que le voy a dar a medias, con el corazón en otro lado.
—Con permiso. —Me levanté, porque necesitaba salir de esa sala antes de vomitar—. Voy por un vaso de agua. Ahora vuelvo.
Salí al pasillo, cerré la puerta de la sala detrás de mí, respiré.
Y casi me tropiezo con Gabi.
Estaba ahí. Pegada a la pared, junto a la puerta, con la cara descompuesta y los ojos brillando. Escuchando. Había estado escuchando todo.
—Gabi—
—Felicidades. —Le tembló la voz—. Qué bonito. Tu papá ya te bendijo la boda.
—Baja la voz. —La tomé del brazo y la alejé de la puerta, hacia el rincón del pasillo, lejos de oídos—. No es lo que—


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