ZAYED
Pedimos el desayuno pasado el mediodía, porque ninguno de los dos tenía prisa de que la noche terminara.
Nos había hecho falta. Después de semanas de infierno, de mentiras, de distancia, esa noche en la suite 39 fue como volver a respirar. Nos amamos.
Ahora ella comía sentada frente a mí, con mi camisa puesta, el pelo revuelto, descalza en el sillón. La cosa más hermosa que hay.
Pero no estaba conmigo del todo.
La conozco. Sé cuándo Mariana está presente y cuándo se le va la cabeza a otro lado. Y llevaba un rato picando la fruta sin comérsela, con la mirada perdida en la ventana.
—Ey. —Le tomé la mano por encima de la mesa—. ¿Dónde estás?
—Aquí. —Me sonrió, pero le duró poco—. Es solo que… —Suspiró—. No puedo dejar de pensar en Valentina. En mi mamá. Están del otro lado del mundo, Zayed, y yo aquí, sin poder ni llamarlas tranquila. ¿Y si Omar, cuando despierte y se dé cuenta de que me fui, va tras ellas? ¿Y si—?
—Ya estoy en eso.
Levantó la vista.
—Desde anoche. —Le apreté la mano—. Tengo gente cuidándolas en Guadalajara. Discreta, buena, de la que confío. Nadie se les va a acercar sin que yo lo sepa en el mismo minuto. Tu madre y tu hija están vigiladas y protegidas las veinticuatro horas, y no se van a enterar siquiera, para que vivan tranquilas. —La miré—. Lo primero que hice cuando te dormiste fue asegurarme de eso. Tu familia es mi familia, Mariana. No les va a pasar nada.
Se le llenaron los ojos.
—Gracias.
—No me agradezcas. Es mi obligación y es mi gusto. —Le besé los nudillos—. Tu futuro va a cambiar, Mariana. El de las tres.
—¿Y ahora qué? —Dejó el tenedor—. En concreto, Zayed. ¿Qué hacemos ahora? Porque anoche fue hermoso, pero afuera de esta suite sigue estando tu padre, y Omar, y los Bin Saqr, y una boda anunciada con otra mujer. Nada de eso se fue porque nosotros durmiéramos juntos.
—Tienes razón. —Me incliné hacia ella, serio—. Así que escúchame, porque tengo un plan y necesito que confíes en mí, aunque algunas partes no te gusten.
—Te escucho.
—Nos vamos a casar. Para siempre. Eso no está a discusión. —Le sostuve la mirada—. Khalid ya tiene todo listo: el día que se cumpla el contrato actual, ese mismo día, nos volvemos a casar antes de que los Bin Saqr puedan ejecutar la cláusula. Ese es el final. A eso vamos.
—¿Pero?
—Pero hasta que llegue ese día, tenemos que hacer las cosas con la cabeza fría. —Respiré—. Y lo primero, aunque me duela en el alma decirlo, es que te vas. A México. Con tu madre y con Valentina.
—¿Qué?
—Escúchame antes de pelear. —Le apreté las manos—. Aquí, en Dubái, estás en peligro. Omar te va a buscar en cuanto despierte. La prensa te tiene en la mira. Mi padre te quiere fuera. Mientras estés en esta ciudad, eres un blanco, y yo no puedo protegerte de todos al mismo tiempo sin exponerte más. —Bajé la voz—. Te voy a poner en una casa, la que tú quieras, la mejor de Guadalajara, y ahí vas a estar tranquila con Valentina y con tu madre, lejos de todo esto.
—No quiero separarme de ti otra vez, Zayed.
—Ni yo de ti. —Se me cerró la garganta—. Unas semanas para tenerte a salvo mientras muevo las piezas. Y cuando llegue el momento, cuando todo esté listo, vas a volver a Dubái, y nos vamos a casar. De verdad. Para siempre. —La miré fijo—. Pero hay una condición, y es la más importante de todas: nadie puede saber que estamos juntos. Nadie. Ni mi padre, ni Omar, ni la prensa, ni el personal de la casa. Para todo el mundo, tú y yo terminamos. Tú te fuiste dolida y yo me quedé para casarme con Aaliyah. Es la única manera de que no vean venir el golpe. —Le apreté las manos—. Si mi padre sospecha, aunque sea un poco, que seguimos juntos, va a mover cielo y tierra para impedirlo antes de que firmemos. Nuestra mejor arma es que él nos crea derrotados.
Mariana me miró largo rato, buscándome en los ojos.

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