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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 122

OMAR

Desperté en el suelo de mi propia casa, con la cara pegada al mármol frío y un dolor en la nuca que me partía el cráneo en dos.

Tardé un momento en entender dónde estaba. La mesa puesta a medias. Una silla volcada. Cristales de una botella de vino rota, esparcidos alrededor de mi cabeza como una corona de burla. Y esa palpitación horrible detrás de la oreja, donde algo me había golpeado con la fuerza suficiente para tirarme como a un saco.

Me llevé la mano ahí. Sangre seca. Un chichón del tamaño de un huevo.

Y entonces me acordé.

Mariana.

El vestido aqua. El collar en su cuello. Mi mano en su muñeca, llevándola a la escalera. Y después… nada. Un golpe. Oscuridad.

Me levanté como pude, tambaleándome, agarrándome de la mesa, con la furia subiéndome más rápido que el mareo.

—¡GUARDIAS! —Mi propio grito me reventó la cabeza—. ¡Aquí! ¡Todos, ahora!

Vinieron corriendo. Cuatro hombres, pálidos, sabiendo ya que algo había salido muy mal.

—¿Dónde está? —Me limpié la sangre de la nuca con el dorso de la mano—. La mujer. Mariana. ¿Dónde está?

Se miraron entre ellos. Ninguno quería ser el que hablara.

—Señor… —El jefe de seguridad tragó saliva—. No está. La buscamos en cuanto lo encontramos a usted en el piso. No está en la casa.

El silencio que siguió fue tan absoluto que oí mi propio pulso golpeándome en la herida.

—¿Cómo que no está? —Bajé la voz, que es cuando doy más miedo—. Puse guardias en cada puerta. Cámaras en cada esquina. Un muro de cuatro metros. Y me estás diciendo que una mujer descalza, sin dinero, sin conocer la ciudad, ¿desapareció de mi casa mientras yo estaba tirado?

—Las cámaras… —El hombre se puso más pálido—. Las cámaras del pasillo de servicio y de la puerta lateral no grabaron nada, señor. Estaban… desconectadas. En ese sector. Justo esa noche.

—Desconectadas.

—Sí, señor.

Cerré los ojos.

Alguien las había apagado.

Esto no fue una fuga. Fue una operación.

Subí a mi despacho, me serví un whisky que me supo a rabia, y me senté a pensar con la cabeza fría, porque la cabeza caliente nunca ganó nada.

Repasé.

Mariana no lo hizo sola. Imposible. La tenía vigilada, encerrada, sin un solo aliado dentro de estas paredes.

Zayed Al Rashid.

Tenía que ser él.

Llamé a mi gente.

—Quiero saber quién entró a esta casa anoche —dije—

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