—¿Está todo bien, Karim? —le pregunté.
—Todo listo. —Arrancó, mirando los espejos con esa alerta de siempre—. El señor Zayed la espera. Y créame, señora, lleva una semana insoportable de los nervios. Nunca lo había visto así. —Se rió bajito—. El hombre negocia con reyes sin sudar, pero por usted anda temblando como un muchacho.
Se me llenó el pecho.
Llegamos a una casa pequeña en las afueras, sencilla, sin lujo, sin muros altos ni cámaras. Una casa normal. La casa de alguien que no quería ser encontrado.
—Es de un primo de mi tío Hassan —explicó Karim, abriéndome la puerta—. Nadie de los Al Rashid sabe que existe. Aquí nadie los va a buscar.
Y ahí estaba.
En la sala pequeña de esa casa prestada, de pie, con un traje sencillo en vez de sus trajes de rey, esperándome. Zayed. Mi Zayed. Con un mes de distancia en la cara y todo el amor del mundo en los ojos.
No dijimos nada. Crucé la sala y me lancé a sus brazos, y me apretó tan fuerte que me levantó del piso, y por un segundo el mes entero, el destierro, el miedo, todo se borró.
—Estás aquí. —Me hundió la cara en el pelo—. Volviste.
—Te dije que venía por ti.
—Nunca dudé. —Me separó, me tomó la cara—. Ni un segundo.
Detrás de él, en esa sala modesta, estaban los únicos testigos que este matrimonio iba a tener: Khalid, con una carpeta de documentos bajo el brazo y una sonrisa nerviosa. Hassan, con el brazo ya sin cabestrillo, de traje, peinado, con los ojos húmedos como el padre que da a la novia. Y Karim, en la puerta, vigilando la calle.
—No es la boda que mereces. —Zayed miró alrededor, casi disculpándose—. No hay salón, ni flores, ni doscientos invitados, ni prensa. Hay una sala prestada, un juez amigo que llega en veinte minutos, y cuatro personas que darían la vida por ti. Es todo lo que pude darte sin que mi padre lo impidiera. Perdóname.
—¿Perdonarte? —Se me quebró la voz, pero de risa, de pura emoción—. Zayed. La primera vez me casé contigo en un salón de lujo, con vestido de diseñador, delante de medio Dubái, y fue la mentira más grande de mi vida. —Le agarré las manos—. Esta es una sala prestada con cuatro personas que nos quieren. Y es la primera cosa verdadera que hago desde que puse un pie en este país. No me quites eso pidiendo perdón. Esta sí es mi boda.
Hassan se dio la vuelta a secarse los ojos, disimulando. Khalid tosió, conmovido. Y Zayed me miró como si acabara de entender, otra vez, por qué lo arriesgaba todo
El juez llegó puntual. Un hombre mayor, discreto, amigo de Hassan de toda la vida, que no hizo preguntas y que entendía perfectamente que lo que pasaba en esa sala no debía salir de ahí.
Fue rápido. No hubo música, ni pasillo, ni marcha nupcial. Hubo dos personas de pie, agarradas de las manos, diciéndose que sí de verdad por primera vez.

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