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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 125

ZAYED

Llegué a la casa de mi padre al caer la tarde, con el acta de mi matrimonio doblada en el bolsillo del saco, quemándome contra el pecho.

Mañana era la boda con Aaliyah.

Todo estaba montado. El salón reservado, los invitados confirmados, la prensa avisada, el vestido de la novia colgado en algún cuarto de esa casa. Mi padre llevaba un mes construyendo, piedra por piedra, la boda con la que iba a sellar su pacto con Bin Saqr. Y yo llegaba, la víspera, a echársela abajo.

Porque tres días atrás me casé con Mariana. De verdad. En secreto. Y venía a decírselo en la cara.

Lo encontré en el estudio, de buen humor, algo que en mi padre es tan raro como la lluvia en el desierto. Khalid estaba con él, de pie junto a la ventana, repasando unos papeles de la ceremonia.

—¡Zayed! —Mi padre abrió los brazos al verme entrar—. Justo a tiempo. Mira. —Señaló la mesa cubierta de listas, planos del salón, tarjetas—. Mañana es el gran día, hijo. Mañana esta familia recupera lo que le corresponde. ¿Sabes cuántos años esperé este momento? La casa Al Rashid y la casa Bin Saqr, unidas por fin. —Me palmeó el hombro, radiante—. Estás pálido. Son los nervios, es normal. Todo novio los tiene. Sírvete un whisky y siéntate, que tenemos que repasar tu entrada al salón.

—No va a haber entrada, padre.

—¿Cómo?

—No me voy a casar con Aaliyah mañana. —Saqué el acta del bolsillo y la puse sobre sus listas, sobre sus planos, sobre todo su mes de trabajo—. Porque ya estoy casado.

Mi padre miró el papel sin tocarlo, como quien mira algo muerto en el piso.

Khalid se quedó tieso junto a la ventana. Él sabía. Él redactó esa acta, él fue testigo, él la guardó tres días. Y ahora la veía salir a la luz sabiendo lo que se venía, con la cara de un hombre que ve acercarse un choque y no puede hacer nada.

—Explícate. —La voz de mi padre bajó de golpe. Eso fue lo que más miedo me dio. Mi padre, cuando de verdad quiere destruir, no grita. Baja la voz.

—Hace tres días me casé con Mariana. —No me tembló—. Ante juez. Ante testigos. Legalmente. Está firmada, es válida, y no se puede deshacer. Estoy casado con ella, padre. Mañana no hay boda con Aaliyah, porque yo ya tengo esposa.

Levantó el acta. La leyó. Vi cómo sus ojos recorrían mi firma, y la de Mariana, y la del juez. Vi cómo el papel empezaba a temblarle en la mano, no de miedo, sino de una furia que le subía por el brazo.

—Un año. —Lo dijo muy bajo—. Un año entero, Zayed. Acomodando cada pieza. Convenciendo a Bin Saqr. Callando a la prensa. Sosteniendo a los socios. Levantando esta boda con mis propias manos para sacarte del pantano con el apellido intacto. —Cerró el puño, y el acta crujió—. Y tú lo tiras a la basura la noche antes. En una sala de mala muerte. Con un juez de tercera. Por una mexicana que ni siquiera tuvo la decencia de esperarte cuando la creíste perdida.

—No metas a Mariana en esto.

—¡ELLA ES TODO ESTO!

Ahí sí gritó. El bastón golpeó el piso con un estruendo que hizo saltar las tarjetas de la mesa. Khalid dio un paso, como para meterse, y se detuvo.

—¡Desde el primer día que esa mujer se te cruzó, todo en tu vida se torció! —Mi padre avanzó hacia mí, blanco—. ¡El escándalo! ¡La prensa! ¡Las demandas! ¡Los disparos! ¡Tu hermano a punto de arruinar su propio compromiso! ¡Todo empezó con ella! ¿No lo ves? ¿Estás tan ciego que no ves que esa mujer es el centro de cada desgracia que ha caído sobre esta familia en un año?

Y ahí, en el calor de la furia, dijo algo que me heló.

—Todo estaba bajo control hasta que ella apareció donde no debía. —Apretó los dientes—. Todo iba saliendo exactamente como tenía que salir. Hasta esa noche.

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