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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 126

MARIANA

Zayed llegó a la casa prestada cuando ya había anochecido, con dos maletas en las manos y algo nuevo en la mirada.

No era la cara de un hombre derrotado. Lo conozco, sé cómo entra cuando pierde, y no era eso. Era la cara de un hombre que acaba de cruzar una línea y no piensa volver.

—Ya está hecho. —Dejó las maletas en el piso—. Le dije a mi padre que me casé contigo. En su cara. La víspera de su gran boda con Aaliyah.

—¿Y? —Se me apretó el estómago—. ¿Qué te dijo?

Zayed se quedó callado medio segundo. Uno de esos silencios en los que un hombre decide cuánto contar.

—No se lo tomó nada bien. —Fue todo lo que dijo—. Me sacó de la casa. Pero eso ya me lo esperaba. —Se acercó, me tomó la cara—. Escúchame, Mariana, porque esto es lo único que importa de toda la noche: por primera vez en mi vida, soy libre. Los dos lo somos. Se acabó el contrato, se acabó el año de mentiras, se acabó vivir bajo el techo de mi padre midiendo cada paso. Estamos casados, de verdad, y a partir de hoy salimos adelante juntos. Sin él. Sin su permiso. Sin nadie. —Me miró fijo—. No me importa lo que diga el resto. ¿Me oyes? Que digan lo que quieran. Tú y yo vamos hacia adelante.

Y le creí. Porque no lo dijo como quien se convence a sí mismo. Lo dijo como quien ya decidió.

—Juntos —repetí.

—Juntos.

La noche fue buena. Dormimos abrazados en esa cama prestada, sin guardias, sin miedo, como dos personas normales por primera vez en un año.

El día siguiente fue otra cosa.

Empezó temprano. El teléfono de Zayed sonó antes de que termináramos el café, y desde esa primera llamada, algo cambió en el aire de la casa.

Yo lo veía de reojo mientras acomodaba nuestras pocas cosas. Zayed contestaba, se apartaba hacia la ventana, hablaba bajo. Y cada vez que colgaba, se quedaba un momento mirando el teléfono con una arruga entre las cejas que no tenía la noche anterior.

—¿Todo bien? —le pregunté después de la tercera.

—Todo bien. —Me sonrió, pero fue una sonrisa de las que se ponen encima, como un saco—. Cosas de trabajo. Nada que no pueda resolver.

Sonó una cuarta vez. Una quinta. Cada llamada le borraba un poco más la sonrisa de la cara, aunque él se empeñara en volver a ponérsela cada vez que colgaba y me miraba.

No le insistí. Zayed es orgulloso, y hay batallas que un hombre quiere pelear solo un rato antes de compartirlas. Le di ese rato.

Pero lo fui mirando. Y las caras de preocupación se le fueron acumulando durante todo el día, una encima de otra, hasta que ya no le cabían debajo de la sonrisa.

Cayó la noche.

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