LAYLA
Bajé del auto y el aire caliente de Dubái me recibió como una vieja costumbre.
—Bienvenida a casa, señorita Layla. —Hassan me esperaba al pie de la escalera, con esa sonrisa suya de siempre y el brazo ya sin el cabestrillo—. La casa no era la misma sin usted. ¿Encontró lo que fue a buscar?
—Eso creo, Hassan. —Le devolví la sonrisa—. Eso creo.
No sé si era verdad. Pero era lo que se debía contestar.
Un mes y medio en un santuario en las montañas, sin teléfono, sin ruido, sin nadie. Un mes y medio de silencio, de rezos, de caminatas largas al amanecer, todo con un solo propósito: borrar un error. Un error grave. El más grave de mi vida.
Besé al chofer.
A Karim. El sobrino de Hassan. Un hombre bueno, sí, leal, sí, pero un chofer. Y yo soy quien soy. Una Al Rashid. Una mujer de costumbres, criada en la tradición, educada para saber exactamente cuál es mi lugar y no salirme de él ni un centímetro. Toda mi vida seguí las reglas. Todas. Y en un momento de debilidad, una noche, me salté la más importante de todas.
Por eso me fui. Para recordar de dónde vengo. Para volver a ser la de siempre. Para meterme en la cabeza, a fuerza de montaña y silencio, que lo que sentí esa noche no existió, no puede existir, y no va a volver a existir jamás.
Volví convencida. Serena. En paz conmigo misma.
Subí buscando a alguien que me pusiera al día, porque un mes y medio incomunicada es una eternidad en esta familia y algo me olía raro desde que crucé el portón. Buscaba a Gabi, o a Khalid, o a quien fuera.
Lo que encontré, al llegar al pasillo, fue a Karim.
Abrazado a Gabi.
Los dos, muy juntos, en medio del corredor. Él con las manos en su espalda, ella con la cara escondida en su hombro. Un abrazo cerrado, íntimo, de esos que no se le dan a cualquiera.
Y algo, en algún lugar debajo de mis costillas, se apretó.
No supe ponerle nombre. No quise ponerle nombre. Me dije que era el cansancio del viaje, el calor, la sorpresa. Me dije muchas cosas en un segundo, todas mentira.
Al otro lado del pasillo, vi a mi hermano Khalid, parado, mirando la misma escena que yo. Con una cara rara, tensa, que no entendí.
Un mes y medio de montaña para nada. Bastó un abrazo ajeno en un pasillo para que se me revolviera todo por dentro otra vez.
Pero yo no soy de las que se quedan mirando y sufriendo en una esquina. Yo soy una Al Rashid. Así que hice lo que hace una Al Rashid.
Levanté la barbilla, compuse una sonrisa, y los interrumpí.
—Vaya recibimiento. —Alcé la voz—. Una se va un mes y regresa a que nadie la esté esperando.
—¡LAYLA!
Gabi se soltó de Karim como si la hubieran pinchado y cruzó el pasillo corriendo a abrazarme.
—¡Volviste! ¡Ay, cómo te extrañé! —Me apretó fuerte—. ¡No sabes, no tienes idea de todo lo que ha pasado aquí, esta casa parece telenovela!
—Me lo imagino. —La abracé de vuelta.
Y por encima del hombro de Gabi, sin poder evitarlo, busqué a Karim.
Él seguía ahí, unos pasos atrás, mirándome. Directo. Sin sonreír del todo, sin apartar la vista. Con esos ojos que me habían perseguido montaña arriba durante seis semanas.
Le sostuve la mirada medio segundo.

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