MARIANA
—No te vayas todavía. —Le acomodé el cuello de la camisa a Zayed en la puerta—. Un minuto más.
—Tengo que ir, Mariana. —Me tomó las manos—. Hay un hombre que quizá quiera escucharme. Un antiguo contacto, de los pocos que mi padre no controla. Si consigo una sola puerta abierta, empiezo a levantar algo.
—Ve. —Le apreté las manos—. Pero acuérdate de una cosa antes de salir: esto lo peleamos los dos. No vas tú solo a buscar puertas mientras yo espero aquí sentada. Yo también pienso, también sé de negocios, también tengo contactos en México. Somos socios, Zayed. En todo. En esto también.
Zayed me miró con esa expresión que se le pone últimamente, mezcla de cansancio y de algo parecido al asombro.
—¿Sabes una cosa? —Me tomó la cara—. Mi padre me dijo que me equivoqué contigo. Que me casé con la mujer equivocada. —Me besó la frente—. Y cada día que pasa me demuestra lo contrario. No me equivoqué, Mariana. De todo lo que hice mal en mi vida, tú eres lo único que hice perfecto.
Se fue con esa frase, dejándome en la puerta con el corazón hinchado y las mejillas calientes como una quinceañera.
En cuanto cerré, fui a lo práctico. Porque el amor está muy bien, pero las cuentas hay que revisarlas.
Me senté con la laptop y abrí lo que teníamos. Zayed me había dado acceso a todo.
No estábamos tan mal como pensé.
Había ahorros. Zayed no era de los que lo dejan todo en manos de su padre; tenía cuentas propias, guardadas, a las que Mansour no podía meter mano. No era una fortuna comparada con lo que perdió, pero era algo. Era un colchón.
El problema es que un colchón no es un futuro. Yo saqué mis cuentas, las de una mujer que aprendió a estirar cada peso cuando montó su empresa de cero en Guadalajara, y me quedó clarísimo: eso alcanzaba unos meses. Un año, si apretábamos. Pero no para siempre. Y menos con la niña, y con mi madre, y con la vida que había que reconstruir.
Se lo había dicho a Zayed esa mañana. Y él, tranquilo, me explicó su plan: no íbamos a gastarnos los ahorros viviendo. Íbamos a invertirlos. A arrancar una empresa nueva, desde abajo, o a meternos de socios con alguien que valiera la pena, si aparecía alguien dispuesto a asociarse con el hijo desterrado de Mansour Al Rashid.
Ese "si aparecía alguien" era el nudo de todo. Porque mi padre político se había encargado de que, en Dubái, nadie quisiera darnos ni la hora.
Estaba dándole vueltas a eso cuando sonó el timbre.
Corrí a abrir, con el corazón dando un brinco, porque en esta casa un timbre inesperado todavía me asusta.
Y en el umbral, dos caras conocidas.
Gabi. Y detrás, Layla.
—¡TÚ! —Gabi me apuntó con el dedo antes de saludar—. ¡Mala amiga! ¡Malagradecida! ¡Traidora!
—Gabi—
—¡Dos bodas, Mariana! ¡Te casaste dos veces con el mismo hombre y no me invitaste a NINGUNA! —Le temblaba el dedo—. ¡Yo, que te sostuve el pelo en cada crisis de este año horrible! ¡Yo, que lloré contigo, que peleé por ti! ¡Y me entero de tu boda por Khalid! ¡Por Khalid, Mariana!
—Gabi, era en secreto, no podía—
—¡No me importa! —Y entonces se le quebró la voz y se le llenaron los ojos—. No me importa nada. Ven acá, cásate mil veces, pero abrázame ya, que te extrañé como no tienes idea.
Nos abrazamos ahí, en la puerta, y las dos lloramos un poco, entre risas.

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