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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 130

MARIANA

—¿Cómo me veo? —Me di la vuelta frente al espejo, con el único vestido elegante que traje de México.

—Como la mujer más hermosa de Dubái. —Zayed me acomodó un mechón—. Y como mi mejor carta de presentación.

Esa noche teníamos una sola oportunidad.

Después de que Mansour llamara a medio emirato para cerrarle las puertas, solo un hombre no se echó para atrás. Uno. No le colgó, no lo dejó plantado en una oficina: aceptó una cena. Un hombre mayor, poderoso, respetado, de esos que ya no le temen a nadie porque ya lo tienen todo. La única puerta que seguía entreabierta.

El restaurante era de esos discretos y carísimos donde no hay carta con precios. En una mesa del fondo nos esperaban ellos: un hombre de unos setenta años, de traje impecable y ojos vivos, y a su lado una mujer elegantísima, de canas arregladas y sonrisa cálida.

—Señor Nassar. —Zayed le tendió la mano—. Gracias. De verdad. Gracias por aceptar esta cena cuando todo Dubái me cerró la puerta.

—Siéntate, muchacho. —El viejo le estrechó la mano con fuerza—. Y presenta a tu esposa, que de eso quiero hablar también.

—Ella es Mariana. Mi esposa. —Zayed me miró con un orgullo que me llenó el pecho—. La razón de todo.

—Un placer, señora. —Su esposa me tomó la mano entre las suyas—. Yo soy Farida. Y qué guapa eres, criatura. Con razón el jeque incendió medio Dubái por ti.

Nos sentamos, y antes de que trajeran el agua, el señor Nassar fue al grano.

—Voy a ser honesto contigo, Zayed, porque a mi edad ya no tengo tiempo para rodeos. —Juntó las manos sobre la mesa—. Tu padre me llamó. Hace tres días. Para advertirme que andas metido en negocios turbios. Que no me conviene asociarme contigo. Que vas a arrastrar a la ruina a cualquiera que te dé la mano.

Se me heló la sangre. Zayed no se inmutó.

—Señor Nassar, le pido que no le crea. —Su voz salió firme—. Lo que sea que mi padre le haya dicho de mí es—

—No es cierto. —Lo interrumpí, sin poder callarme—. Perdón que me meta, señor, pero no es cierto. Zayed es el hombre más recto que conozco. Su padre lo castiga y para eso ensucia el nombre de su propio hijo. Pero Zayed no tiene un solo negocio sucio. Se lo firmo con lo que quiera.

El señor Nassar me miró un momento, con esos ojos vivos, y sonrió apenas.

—Tranquila, criatura. —Levantó una mano—. Yo no dije que le creyera a Mansour. Dije que me llamó. —Se recostó en la silla—. Yo conozco a tu suegro desde hace cuarenta años, muchacha. Conozco sus trucos, sus mañas, su manera de quebrar a un hombre cuando le estorba. Y cuando un hombre como Mansour Al Rashid se toma la molestia de llamar personalmente para hundir a alguien, a mí eso no me aleja de esa persona. Me acerca. —Miró a Zayed—. Acepté esta cena justamente porque tu padre me dijo que no lo hiciera. Y porque necesito oír, de tu boca, por qué Mansour decidió sacar a su propio hijo de los negocios. Eso no lo hace un padre por un mal negocio. Eso lo hace por algo más grande. Dime la verdad, Zayed. ¿Por qué te desterró?

Zayed me miró. Y después miró al viejo a los ojos.

—Por ella. —Me tomó la mano sobre la mesa—. Mi padre tenía todo arreglado: una boda de conveniencia, un pacto de familias, un imperio asegurado. Y yo elegí a otra mujer. A Mariana. Una mexicana, divorciada, con una hija, sin apellido ni fortuna. La mujer equivocada, según mi padre. —Apretó mi mano—. Me pidió que escogiera entre ella y el apellido Al Rashid. Y escogí a mi esposa. Antepuse el amor al dinero, señor Nassar. Y por eso me quedé sin nada.

Se hizo un silencio en la mesa.

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