MARIANA
Yo seguía de pie junto a la mesa mirando los pedazos del contrato tirados en el suelo cuando la voz de Mansour rompió el silencio.
—Quiero hablar con usted a solas. —Habló.
No preguntó.
Ordenó.
Khalid salió primero.
Después, Zayed.
Perfecto.
Me crucé de brazos.
Mansour caminó hasta la ventana. Tenía algo de Zayed en la forma de moverse. La misma calma. El mismo control.
Entendí de dónde había salido ese hombre imposible.
Mansour se acercó a la ventana.
—¿Tiene hijos, señorita Ríos?
La pregunta me tomó desprevenida.
—Una hija.
Asintió lentamente.
—Entonces entiende lo que es proteger un nombre. Un legado. —Me miró—. Mi hijo cometió un error. Pero no voy a permitir que pague por él toda su vida.
Algo en su tono cambió.
—Usted tampoco debería.
Y por un segundo, casi me pareció... humano.
Casi.
—Mi cultura es distinta a la suya, señorita Ríos —habló finalmente—. Lo que ocurrió entre usted y mi hijo no es un asunto pequeño.
No respondí.
—Mi hijo iba a casarse. Esa boda representaba una alianza familiar y política. El error cometido terminó con ella.
Error.
Bonita forma de describir una noche que todavía me perseguía en sueños.
—¿Y qué quiere que haga? —pregunté—. ¿Volver atrás? Porque yo tampoco sabía quién era él. Escuche, señor, yo no quería causar problemas, mi intención no era arruinar la boca que yo misma preparé.
Mansour giró hacia mí.
—No dudo de eso.
Su tono me sorprendió.
No había acusación.
—Pero las consecuencias existen de todas formas.
Se acercó lentamente.
—Mi familia quedará expuesta. Mi hijo será señalado como un hombre incapaz de sostener una alianza. Nuestro apellido sufrirá.
—Y yo lo siento, pero eso no cambia que no voy a casarme con su hijo.
Él guardó silencio unos segundos.
—Entonces debo explicarle toda la situación. Si usted rechaza esto —continuó—, el escándalo seguirá su curso. Las fotografías existen. Los informes existen. Su nombre ya está relacionado con nuestro apellido y quien no es nuestro amigo se convierte en nuestro enemigo.
Sentí el estómago tensarse.
—Su empresa trabaja con clientes importantes, ¿correcto?
No respondí.
—Un escándalo de esta magnitud podría destruirla.
Apreté las manos.
—¿Eso es una amenaza?
En esta casa tenían la costumbre de maquillar las amenazas con advertencias.
—No.
Levantó apenas la cabeza.
—Es una realidad. Incluso podría haber consecuencias legales.
Lo miré.
—¿Qué?
—Usted fue señalada como la causa de la ruptura de un matrimonio de alto nivel. Hay familias involucradas. Acuerdos. Política. Negocios. Está en nuestro país y aquí las leyes sí se respetan.
No.
No.
Eso no podía estar pasando.

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