MARIANA
Salí del despacho de Mansour con la cabeza en llamas.
Me había escuchado. Me había explicado las consecuencias. Había intentado convencerme con cada herramienta que tenía.
Respiré hondo. Podía manejar esto. Tenía que manejar esto. Doblé la esquina.
Y me detuve. Zayed estaba ahí. Esos ojos negros encontraron los míos de inmediato. Los mismos ojos que en la suite 3901 me habían mirado como si fuera lo único en el mundo que valía la pena ver. Ahora me miraban como si fuera un problema que resolver.
Qué diferencia hace la luz del día.
A su lado, el abogado. Documentos ya preparados. Bolígrafo listo.
—¿Ya tienen otro contrato? —pregunté.
—Siempre es mejor estar preparado, señorita Ríos.
Miré la carpeta. Después a Zayed.
—La eficiencia de su abogado es casi ofensiva.
—Es muy eficiente —respondió Zayed—. Y ahora es su cuñado.
Parpadeé.
Khalid Al Rashid.
El hermano.
Claro. Refuerzos familiares. Por supuesto.
Khalid soltó una risa corta.
—Adentro —ordenó.
No preguntó. No sugirió. Solo ordenó.
Un año con este hombre.
Sobreviviré.
Entré.
Khalid tomó asiento en un extremo discretamente. Zayed se quedó de pie. Yo también.
—Siéntese —dijo.
—Estoy bien así.
Me miró con esa mirada larga y calculada que no se parecía en nada a como me había mirado aquella noche. Aquella noche sus ojos eran hambre.
Ahora eran hielo.
El mismo hombre. Completamente distinto.
—Como quiera —dijo.
Abrió la carpeta. Las cláusulas eran claras. Frías. Sin espacio para interpretaciones.
—¿Tienen condiciones o solo órdenes?
Zayed caminó despacio alrededor de la mesa. Como un depredador que sabe que no hay salida. Se detuvo a mi lado. Demasiado cerca. Olía igual que aquella noche.
No pienses en eso.
—Primera condición —dijo con voz baja—. Durante un año llevará mi apellido. Frente a la prensa, la sociedad, cualquier persona. No existirán dudas. No existirán grietas.
—¿Y si alguien sospecha?
—Nadie sospechará si usted hace su parte.
El descaro. En la suite me había susurrado cosas completamente distintas.
"No te contengas."
"Mírame."
Y ahora estaba aquí ordenándome cómo vivir mi vida.
—Segunda condición. No intentará escapar nuevamente.
—Estaba regresando a mi país.
—Se subió a un avión sin avisar.
—No le debo avisos.
—A partir de hoy sí.
Di un paso atrás.
—No soy su empleada, señor Al Rashid.
—No. —Sus ojos no se apartaron—. Será algo mucho más complicado que eso.
Complicado.
Esa era una palabra interesante viniendo del hombre que dos noches atrás me había sostenido contra su pecho mientras los dos recuperábamos el aliento.
El mismo hombre que ahora no movía ni un músculo de la cara.
¿Cómo era posible ser dos personas tan distintas?
Respira. No le des la satisfacción.
—Tercera condición. Confidencialidad absoluta. Nadie sabrá que este matrimonio es un acuerdo. Ni su familia. Ni su socia.
—¿Ni mi madre?
—Nadie.
—¿Y se supone que les cuento qué exactamente?
—Que se casó.
—¿Así de fácil?
—Así de simple.
Claro. Simple. Como si aquella noche hubiera sido simple también.
Como si los dos no hubiéramos perdido el control en esa habitación.
Como si él no me hubiera dicho "anoche no fue un error" y ahora estuviera aquí tratándome como una cláusula contractual.
—Cuarta condición. No habrá terceros mientras dure el matrimonio.
—¿Me está pidiendo fidelidad?
—Le estoy informando cómo funcionará esto.
—Hay una diferencia entre pedir y ordenar. Y a usted no le gusta pedir.
Sus ojos se oscurecieron.
—No.
Al menos en eso era honesto.
—Quinta condición. Después del año todo termina. El matrimonio. Las obligaciones. Mi apellido. Cada uno regresa a su vida.
Como si esto nunca hubiera ocurrido.
Me pregunté si él podía hacer eso realmente.
Borrarlo todo.
Guardar aquella noche en algún cajón y no volver a abrirlo.
Por su expresión, parecía que sí.
Qué conveniente.
—¿Va a firmar o seguimos perdiendo el tiempo?
Ahí estaba. La crueldad debajo del control. ¿Dónde estaba esa pequeña sonrisa que soltó en la habitación 39?
Lo miré directo.

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