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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 131

OMAR

Estaba terminando mi almuerzo cuando el bastón golpeó el piso a mi lado.

No necesité levantar la vista para saber quién era. En Dubái solo un hombre camina con ese golpe seco y arrogante, como si el suelo le debiera algo.

Mansour Al Rashid.

Se sentó en mi mesa sin que lo invitara, con esa cara de desprecio que trae siempre, hasta cuando viene a pedir favores.

—Hamza. —Dejó el bastón recostado en la mesa—. Te felicito. Eres, oficialmente, el hombre más inútil que conozco.

—Buenas tardes a ti también, Mansour.

—Tenías una sola tarea. —Se inclinó—. Una. Quedarte con la mexicana. La tuviste en tu casa, encerrada, con guardias, con todo a tu favor. Y la dejaste escapar como un aficionado. Ni para eso serviste.

—Alguien la ayudó a salir. —Apreté el tenedor, molesto—. Alguien de adentro apagó mis cámaras y la sacó por la puerta de servicio. No fue descuido mío, fue una operación bien montada. Y no, todavía no sé dónde está. Se la tragó la tierra.

—Se la tragó mi hijo. —Mansour soltó una risa amarga—. Eso es lo que te vengo a decir, para que veas de qué tamaño es tu fracaso. Fue Zayed quien la sacó de tu casa. En tus narices. Y luego, ¿sabes qué hizo con ella? —Bajó la voz, con un rencor que le salía de muy adentro—. Se casó. De verdad. En secreto. Legalmente. Echó a la basura la boda que yo llevaba un año armando, mi pacto con los Bin Saqr, uno de los mejores tratos de mi vida. Todo. Por esa mujer. Mi hijo se obsesionó con tu mexicana igual que tú, Hamza. La diferencia es que él sí se la llevó.

Sentí que algo negro y viejo se me revolvía en el pecho.

Zayed Al Rashid.

Otra vez.

Me la quitó en la fiesta, cuando yo la tenía cerca. Me la sacó de mi propia casa, cuando por fin era mía. Y ahora dormía con ella todas las noches, casado, tranquilo, mientras yo comía solo en un restaurante oyendo a su padre insultarme.

El jeque enamorado. El que siempre gana. El que siempre se queda con lo que yo quiero.

—Veo que te arde. —Mansour me observaba, satisfecho—. Bien. Me sirve que te arda.

Metió la mano en el saco y sacó un papel doblado. Lo puso sobre la mesa, junto a mi plato, y lo empujó hacia mí con dos dedos.

—Un regalo. —Sonrió—. De mi parte.

Lo abrí. Una dirección. Un edificio, un piso, una zona modesta de las afueras de Dubái.

—¿Qué es esto?

—La dirección donde vive mi hijo con tu mexicana. —Se recostó en la silla—. Los desterré. Les quité todo. Viven ahí, en ese cuchitril, como dos pobres. Solos, sin guardias, sin dinero, sin nadie que los proteja. —Me clavó los ojos—. Te lo entrego porque tú y yo, otra vez, queremos lo mismo: a mi hijo de rodillas y a esa mujer lejos de él. Yo no puedo tocarlo; es mi sangre, y aunque lo desprecie, hay líneas que un padre no cruza en persona. Pero tú… tú no tienes esos escrúpulos.

—No, no los tengo.

—No desperdicies el regalo. —Recogió su bastón y se levantó—. Una sola cosa te pido, Hamza. Con mi hijo… no seas demasiado duro. No quiero un cadáver, no quiero un escándalo, no quiero policía husmeando en mi apellido. —Sonrió con frialdad—. Déjalo respirando. Lo suficiente para que entienda que sin mí no es nada y no tiene quién lo defienda. Solo eso. Lo suficiente para que respire con trabajo una temporada.

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